Vivir es el regalo.
Sobre objetos que nos sobrevivirán, el reloj que mi padre le regaló a mi madre y la vida, que nos elige cada día.
Estos días he estado leyendo a Ismael Grasa en su La hazaña secreta, un compendio de costumbres, citas, excentricidades y consejos de vida que me ha parecido entrañable porque leerlo es como charlar con un viejecito al que apetece abrazar –sin ofender a Grasa, que nació en 1968 y de viejo, por ahora, tiene poco– y que te cuenta, tras un largo recorrido de vida, la manera individualísima que ha desarrollado de estar en el mundo. Aúna citas de diferentes autores, costumbres y consejos para cultivar una vida plena, reflexiones acerca de la sociedad, lo doméstico, lo pequeño, lo cotidiano; lo aparentemente superficial, que siempre sostiene lo profundo.
En él, Grasa defiende que ‘’uno ha de tener alguna cosa a su alrededor que sea única, objetos que uno custodie y que se han de conservar hasta que, basta decirlo así, se pierdan en las llamas de un incendio o en las aguas de un naufragio. Algo que quizá mañana otros que no supieron de nosotros guarden y sostengan en sus manos.’’
Cuando yo nací, mi padre le regaló a mi madre un reloj. Era un reloj suizo de Maurice Lacroix, un reloj sólido, hecho para durar. Me gusta pensar que mi padre quiso regalar a mi madre tiempo para pasarlo conmigo, para verme crecer, pero, como eso no estaba en su mano, escogió entonces un recordatorio tangible de que aquello no era posible, un símbolo de que el tiempo se nos escapa a cada instante: un reloj. Sea como fuera, el caso es que aquel reloj era un regalo para festejar que yo había llegado: una celebración de mi vida, podríamos decir, un canto de alegría por mi presencia en este mundo.
Yo jamás he utilizado reloj, ni siquiera cuando era pequeña y en mi colegio –de monjas, por supuesto– se pusieron de moda los relojes pequeñitos, de plata, que les regalaban a todas mis compañeras por su Primera Comunión. De niña me molestaba en la muñeca y me era incómodo para jugar, y cuando crecí se convirtió en un jefe tiránico que me recordaba a cada instante qué hora era y dónde se suponía que debía estar yo en ese momento. Pero ahora, para trabajar se me hace necesario contar con un reloj con el que llevar la cuenta del tiempo, y tras leer a Grasa pregunté a mi madre si por casualidad no tendría por casa algún reloj familiar, con historia, que poder llevar en la muñeca sin que se convirtiera en un objeto más que cargar conmigo. Así descubrí la existencia de este reloj que existe porque yo existo –no literalmente, claro, porque si mi padre no lo hubiera comprado hubiera acabado en otra casa, festejando la llegada de otra niña– y que reposa ahora en mi muñeca, abrochado en el mismo agujero en el que se lo abrochó mi madre durante tantos años que dejó una muesca en la correa de cuero. Su muñeca de entonces es mi muñeca de ahora. Su felicidad de entonces por mi vida es mi felicidad de ahora por lo mismo: por vivir, por despertarme cada día, por la brisa del mar, por las tormentas de verano, por la risa tintineante de mis hijos, por la tortilla de patata, por todas las cosas que ya no tendría si un día la vida decidiera dejar de acompañarme en el camino.
Hoy es mi cumpleaños y me quedo con eso: con que estar viva es motivo de celebración. Un regalo que recibimos cada día cuando abrimos los ojos, hasta que un día no lo recibamos más. Nadie sabe cuándo llegará ese día; sólo sabemos que no es hoy. No es hoy. Como decía Machado, hoy es siempre todavía.
Para no olvidarlo llevo ahora en la muñeca, junto al latido del corazón, el reloj con el que mis padres celebraron mi vida. Para mí verlo es el recordatorio constante de que estar aquí, y no otra cosa, es el verdadero regalo. Y quizás dentro de cincuenta años este reloj sólido, hecho para durar –tal vez más que yo misma– sea ese objeto que otros que jamás supieron de mí guarden y sostengan en sus manos.


