Septiembre.
Sobre la apatía otoñal, la arraigada costumbre de vivir esperando el fin de semana y La librería encantada.
Termina el verano; aún con arena en los bolsillos y los bañadores en el armario –¿quién, quién hace el cambio de armario cuando aún hace calor, quién no apura las sandalias hasta bien entrado octubre?– volvemos a casa. Colegio, trabajo, rutina, la cadencia inevitable que trae septiembre. Está de moda decir que el año empieza ahora; imagino que todos necesitamos, de vez en cuando, un nuevo comienzo. Pero no es cierto eso de que ahora, en septiembre, la vida vuelve a empezar. Oíganme bien: la vida nunca terminó. La vida está sucediendo a cada instante. El verano no es un paréntesis en nuestra existencia; decir eso –con tono melancólico, como quien habla de un paraíso que se vio forzado a abandonar– equivaldría a afirmar, sin que nos tiemble la voz, que la vida es para nosotros un peso que cargamos, como Sísifo colina arriba, mes tras mes, de septiembre a junio, con la mirada esperanzada puesta en esos dos fulgurantes meses en los que podemos ser quienes realmente somos. No; la vida es ahora. No alberga más gozo un viernes que un lunes; el fin de semana, los meses de verano, no son –o no deberían ser– un oasis donde nos refugiamos del inhóspito tiempo restante.
Dicen, algunos, que lo que le sucede a quien vive ansiando poder escapar de su rutina es que no ha sabido construirse una vida a su medida, una existencia en sus propios términos. Y es posible que así sea, desde luego, pero creo que existe otra razón por la que añoramos el verano que estas semanas están ya cerrando: porque sólo somos capaces de identificar la felicidad cuando la felicidad ya ha terminado. Decía Kierkegaard que la vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero debe ser vivida mirando hacia delante. Algo parecido ocurre con la felicidad; no sabemos detectarla en el momento en el que la experimentamos, pasa de puntillas a nuestro lado sin que tomemos consciencia de su presencia, y es después, recordando ese instante, cuando caemos en la cuenta: allí disfruté, allí fui feliz. Septiembre es un poco eso: sentarse en el sofá, con una manta en las rodillas, recordar, y sonreír. Y es bonito entretenerse rememorando –¡no en vano yo siempre me consideré nostálgica, habitante del pasado!–, pero el reto reside en darte cuenta de que estás siendo feliz ahora, aquí, en este instante; que no tenga que venir el tiempo, el maldito tiempo, a abrirte los ojos cuando ya es demasiado tarde.
Casi me parece que les escucho: pero es que la rutina, el trabajo, las tardes en las que anochece pronto; pero es que el tiempo, que parece que me falta cuando no estoy de vacaciones; es que la vida no sabe igual en julio que en noviembre… Existen pocas recetas verdaderas para la felicidad, entre otras cosas porque cada cual tendrá que crear –mezclando ingredientes, a la manera de los químicos: añadiendo un poquito de esto, eliminando esto otro– la suya propia. La mía, que gustosamente comparto, es esta: hacer de cada acción que emprendo un acto extraordinario.
Roger Mifflin, un librero de cuento que sólo existe entre las páginas de La librería encantada de Christopher Morley –una novela que recomiendo hasta la saciedad como refugio para esa apatía otoñal contra la que tanto despotrico aquí–, me decía el otro día: ahora que lo pienso, casi toda la vida se va en fumar, en ensuciar platos y lavarlos, en hablar y escuchar a los demás hablar… Y es cierto: nuestra vida es una sucesión de escenas rutinarias que repetimos una y otra vez. Todos los días bailan al sol de la misma melodía –cada uno, insisto, tendremos la nuestra–: el café de la mañana, el saludo a la portera, el beso a nuestros hijos en la puerta del colegio. Podría parecer, incluso, que las jornadas son fotocopias unas de otras. Pero nada más lejos de la realidad: podemos elegir, cada día, darnos el lujo de intentar hacer las cosas lo mejor posible. Disfrutar realmente ese café, saludar con efusividad a quien nos sostiene la puerta, despedirnos como quien se embarca hacia América. Mi receta para la felicidad no es ni más ni menos que esa: esforzarme por buscar cada día un rato por hacer lo que me gusta y, en los momentos en los que lo que hago no me gusta tanto, darme el capricho –el lujo, incluso– de hacerlo bien, de hacerlo lo mejor que sé. Dominar el arte de ponerme a mí misma al cien por ciento en lo que hago, por simple que sea. Hacer de mi vida una obra de arte; incluso en invierno, incluso los lunes. Y estar atenta, para que la felicidad, cuando pase, no me coja desprevenida.

