Primavera.
Sobre las flores de los cerezos, el libro que nunca leo y la resistencia a las despedidas.
Hoy comienza oficialmente la primavera, pero hace ya semanas que florecieron los almendros y los cerezos. Cuando sus flores se abren a mediados de febrero siempre siento, como una niña, la ilusión inesperada de lo incierto, de lo que aún está por venir. La primavera siempre fue un adelanto de algo más grande, una promesa de tiempos mejores, un deshielo largamente esperado. Y sin embargo, cuando las aceras se llenan de pétalos siento una congoja irremediable; sufro cuando florecen los primeros almendros, porque sé que después, inevitablemente, las flores se marchitan, y se caen, y desaparecen del mundo. En invierno, aunque es monótono, el vacío de las ramas trae consigo una cierta calma: al menos entonces no hay que estar constantemente despidiéndose de las cosas.
Siempre se me dio mal decir adiós, renunciar a lo que me gustaba, poner punto y final. Cuando era niña siempre se ponían duras las chuches que me compraban, porque las guardaba con mimo para disfrutarlas en un momento especial que habitualmente tardaba demasiado en llegar. Creo que nunca me he puesto ninguna joya de la comunión; todas languidecieron en el joyero esperando el día perfecto para estrenarlas, igual que ese perfume que se me puso rancio porque me empeñé en reservarlo para fechas señaladas, o que la botella de vino que se picó esperando un brindis a la altura de su cosecha. Hay un libro en mi estantería que tengo muchas ganas de leer y, sin embargo, no leo –todo desemboca en los libros cuando se trata de mí–. Es el libro que cierra una saga que he disfrutado como una loca. Los otros libros los he leído varias veces, pero no consigo convencerme a mí misma de empezar el último; esquivo como puedo ese final inevitable.
No es la esperanza de vivir momentos mejores lo que me impulsa a tratar de conservar intacto todo lo que a mis ojos es bonito y valioso, sino el miedo a la despedida, la certeza de que leerme ese libro ahora mismo implica que ya no me lo leeré más –podré releerlo, por supuesto, pero no es igual, nunca es igual–; y de poco sirve que me prometan que habrá otros libros, que me emocionaré de nuevo con otras historias. No serán esta historia, y no me sirven ahora de hipotético consuelo, del mismo modo que asegurar vehementemente que vendrán nuevos amores nunca consoló a nadie que sufriera de un corazón roto. Creo que ya he hecho las paces con la idea de que prefiero no leerlo, no disfrutarlo, si a cambio puedo conservar así la idea de que existe, intacto, y de que yo lo tengo cerca, en mi estantería: renuncio a él con tal de no despedirme de él, por paradójico que suene. Bajo esta misma lógica absurda hay mensajes que quiero enviar y que no envío, porque me pondrían de frente con la posibilidad de un adiós afilado que prefiero no enfrentar.
Supongo que hay momentos en la vida en los que los adioses son necesarios, pero yo aún no he aprendido a identificarlos. Siempre me quedo en las cosas un poco más de lo que debería. Pido una cerveza más de las que mi cuerpo puede resistir, pospongo el cambio de armario hasta que soy la única persona por la calle que va vestida de invierno, vuelvo a revisar el perfil de Instagram que me prometí no volver a pisar, sigo llevando vaqueros pitillo cuando ya se han vuelto a poner de moda los pantalones campana y siempre soy la última en marcharme de los grupos de WhatsApp. Con los años he llegado a la conclusión de que saber despedirse a tiempo es un talento del que carezco.
Por eso la primavera me enfrenta cara a cara con mis miedos, porque dura poco y es imposible retenerla; las flores siempre se marchitan, el calor termina imponiéndose al frío –yo disfruto la primavera porque es un equilibrio perfecto entre el frío y el calor en el que ninguno le gana terreno al otro durante mucho tiempo– y ese pequeño instante inmejorable, ese hermoso día de entretiempo protegido del tiempo y del desgaste, explota como una burbuja de jabón que hemos observado ascender poco a poco, sabiendo que era imposible que durase, que se mantuviese intacta, pero deseando inocentemente, desde nuestra esperanza infantil, que lo hiciera a pesar de todo.


