Permanecer.
Sobre bañarse en el río, comer moras recién cogidas y cenar huevos fritos con patatas.
Vine aquí casi todos los veranos de mi infancia; después pasé mucho tiempo sin volver. Mi abuela me señalaba los nidos de las cigüeñas, que cubrían los tejados de las iglesias, desde la ventanilla del coche. Aquí mi tía me olvidó un día, de vuelta a Madrid, cuando tenía siete u ocho años, y no se dio cuenta hasta veinte minutos más tarde de que yo no estaba en el coche. Volvió, claro.
Cenaba siempre huevo frito con patatas antes de salir con mis amigos hasta las once, siempre hasta las once. Había dos bares cuando yo era niña, el de arriba y el de abajo; hoy no queda ninguno. Había también una tienda, con gruesas cortinas en la puerta que la defendían de las moscas. Hoy tampoco existe: a veces una furgoneta sube desde un pueblo más grande con pan, fruta y bizcochos, aunque aquí casi todo el mundo hace sus propios bizcochos caseros. Con las ortigas de detrás de casa me abrasé un día los dedos, y aprendí que al lado de la ortiga siempre está la planta que sirve de antídoto. Mi tía me pintaba las uñas de las manos de rojo como las suyas —no digas nada, Julia, es un secreto— y me las despintaba con cuidado antes de devolverme a mi madre, que no me dejaba hacerlo. Cuidaba de todos los gatitos del pueblo, los perseguía y les dejaba restos de comida que mi tía me preparaba.
Tenía una pandilla, una auténtica pandilla de pueblo: nos movíamos en bici, pero yo no sabía montar aún —aprendí tarde, a los doce o trece años— y se me podía ver siguiendo al grupo en mi patinete. Íbamos al río a bañarnos, al monte a hacer pimentón —machacar trozos de ladrillo rojo con una piedra—, a cazar ranas. Cuando llegaba el otoño nos íbamos, y hasta el siguiente verano. Un par de veces una amiga de aquí me escribió cartas en invierno y las decoró con dibujos suyos; para mí, que como casi toda mi generación apenas he recibido correo postal, son un tesoro. Ayer la vi pasar desde el porche, o creí que era ella, pero no nos saludamos. No sé si me reconoció, no nos hemos visto en quince años.
En algún momento me hice mayor, y dejé de venir. Ahora vuelvo con mis hijos, y es precioso. Juegan con mis juguetes de hace años. Cenan, como yo cenaba, huevo frito con patatas. Saludan a las gallinas, se lanzan al río desde las rocas, le sacan las sobras a los gatos. Siento que estoy cerrando un círculo.
Ellos disfrutan más de lo que disfrutaba yo, o de lo que yo era capaz de admitir; yo siempre protestaba y defendía mi derecho a quedarme en casa. No porque no disfrutara del pueblo, sino porque mi madre no venía conmigo: ella siempre se quedaba en Madrid, trabajando.
A veces pienso en qué recordarán mis hijos de mayores de estos veranos, en cuáles de todos estos momentos entremezclados en sus memorias son los que van a recordar para siempre. Y me hago una promesa: tratar de estar en casi todos. Estar presente. Formar parte de su infancia. Que me recuerden. Permanecer.





Que maravilla 😍😍 quiero que mi hijo también tenga un verano así!!!
Creeme que tus niños van a recordarte presente y con un verano lleno de aventuras con mamá ♥️
Muy bueno. Felicidades. Desde Venezuela.