Las dos soledades.
Hoy me apetece algo distinto: ¿te cuento un cuento?
Existió o existirá, no se sabe muy bien cuándo ni dónde, un ser sin edad ni origen conocido. Su existencia se remontaba al origen de los tiempos; todos los que, en su día, fueron como él, hace tiempo que habían muerto. Se limitaba a vagar sin rumbo ni destino por los desérticos parajes, ya mil veces recorridos, cercanos a la esquina en que había establecido su madriguera. No llevaba una vida desdichada: la mañana en calma, la inercia del día, la noche en silencio. No hay tristeza en la rutina que nos ofrece refugio y que se vuelve solaz contra la desesperanza, la desidia, el resignado hastío de los días. Pero, y esto sí es cierto, cada año transcurrido le pesaba como la última cuenta de un rosario. Sentía casi que los acumulaba, puestos muy juntitos a guardar uno al lado de otro, sin que una chispa, un sutil destello, diferenciase el momento habitado de los ya consumidos que se apilaban a sus espaldas.
Crecía en el ser, con el tiempo, un leve deseo de ir más allá; de aproximar sus pasos cada vez más lejos de los confines ya conocidos, de ensanchar la frontera que delimitaba el territorio en el que había aprendido a sentirse cómodo. Y finalmente un día que, pensó después, podría haber sido cualquier otro, las patas del ser pisaron por vez primera un suelo que jamás habían pisado antes. Ingravidez, regocijo, frenesí; todo para el ser era nuevo y excitante tras muchos siglos de recorrer, sin cuestionarlo, los mismos laberintos emocionales. Sus pasos lo condujeron hasta un valle lejano, un paisaje en el que encontró pájaros con varias alas que cantaban en un idioma para él desconocido, enredaderas filosas cuyas hojas, no se sabía bien cómo, encontraban la manera de alzarse hacia el cielo, ríos y nenúfares y espuma y caracolas. Y también, entre todo aquello, un ser de forma, aspecto y constitución similares a los suyos, tan parecido que mirarlo era como contemplarse a sí mismo en un espejo. El ser sintió curiosidad, ternura, alborozo; y también soledad. Una soledad en la que acababa de caer en la cuenta, aunque –supo entonces– la había sentido siempre. Se aproximó hasta él lenta, cuidadosamente, como quien cruza un puente colgante; clavó sus ojos oscuros en él, y descubrió entonces que el otro también lo miraba.
Por unos instantes eternos la vida consistió en eso: en mirarse y no tenerse, en desentrañar el anhelo intraducible de ser dos en esos lugares íntimos en los que, hasta entonces, habían sido sólo uno. Duró poco el cruce de miradas, minutos nada más; después, despacio pero inexorable como el sol cuando se pone, el ser comprendió: aterraba más la idea de dar el paso final de arriesgarse a ser dos que la vida –que una larga vida– de seguir siendo sólo uno. Retrocedió en silencio: uno, dos, tres pasos, anticipando el momento en que tendría que retornar a su esquina. No había palabras para lo que sentía –un dolor paradójico, pues era a la vez abstracto y concreto; en su interior, la pérdida del ser gemelo era también la pérdida de toda compañía posible–, pero sí una certeza lacerante, que lo socavaba todo: no recuperaría jamás esa soledad apacible, esa inercia del abandono; estar solo, ser el único en su especie, no volvería nunca a ser como era antes. Comenzaba ya a lamentar la pérdida del delicado equilibrio que, hasta entonces, lo había sostenido. Su soledad había pasado a ser dos soledades distintas: la anterior al encuentro, asumida, tan integrada que era ya indistinguible de sí mismo, y la posterior, atravesada por él como por un cuchillo. La evidencia de la realidad tangible de otro ser que se asemejaba en todo a su propio ser como dos pétalos de una misma flor obligaría a su consentido aislamiento a estar, para siempre, próximo a desmoronarse. Con callada resignación, y a sabiendas de que su existencia no volvería jamás a ser la misma, el ser emprendió el camino de vuelta, imaginándose ya de nuevo en su esquina como en una cárcel recién hallada.


