El 10% inabarcable.
Sobre los libros de cuatro estrellas, las canciones que nos conmueven especialmente y la lluvia que no eliges.
Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.
– Julio Cortázar
Hoy comienzo con una confesión algo deshonrosa para mí y quizás desconcertante para quienes, como yo, aman los libros: en ocasiones –no siempre, sólo de tanto en tanto– otorgo cinco estrellas a novelas que no las merecen. Soy consciente de que es así mientras lo hago –por eso sonrío de lado, con culpabilidad, como si alguien me estuviera observando, pero a pesar de ello no me tiembla el dedo–; sé bien que no las merecen, porque tengo ojos en la cara, pero también tengo un corazón que late a su antojo sin escuchar a nadie, y que me obliga a darles la máxima puntuación contra todos los criterios estéticos y narrativos. Es fácil valorar con cinco estrellas a libros como Cien años de soledad, La hoguera de las vanidades o Últimas tardes con Teresa, pero no tanto regalárselas –y encima hacerlo unapologetically, que es una palabra que el castellano necesita traducir e incorporar urgentemente– a libros como La librería encantada de Christopher Morley o La vida empieza hoy de Douglas Kennedy. No son libros redondos, pulidos, impecablemente escritos, que vayan a pasar a la historia de la literatura; no son, hay que admitirlo, obras maestras de su género, corriente o momento histórico. Los argumentos en su favor no se sostienen; no haré el intento de defenderlos ante nadie. Y sin embargo ahí están, brillando en todo su esplendor, sacando pecho, visibles para cualquiera que visite mi perfil de Goodreads: mis orgullosas cinco estrellas. Existen, en cambio, otros libros cuya calidad literaria objetiva –al margen de mi corazón irreductible– es indudablemente superior y, sin embargo, malviven con sus cuatro estrellas como quien estira los restos de su sueldo los últimos días del mes. Me vienen a la mente, por ejemplo, Bartleby el escribiente, Grandes Esperanzas o Matar a un ruiseñor.
En mi última carta, donde hablaba de los libros que heredé de mi tío, comentaba de pasada que él, cuando leyó Berta Isla, de Javier Marías, había anotado en su interior, junto a su nombre y la fecha de su lectura, la puntuación que le merecía la novela: 9,5 puntos de un total de 10. Una suscriptora, tras leer la carta, me lanzó la siguiente pregunta: ¿a qué libro le daría yo 9,5 puntos?. Reflexionando sobre ello –y tras una cuidadosa inspección de las puntuaciones que, a lo largo de los años, he ido otorgando a diferentes lecturas– he comprendido dos cosas. La primera es que, como lectora, las cuatro estrellas me fascinan; son un sí pero no, un me gustas pero no te quiero, un ha sido divertido pero no quiero verte más. Suelo dar cuatro estrellas a los libros que me han hecho pasar un buen rato, cuya pluma me ha cautivado y que, al ser leídos, me invitaban a un viaje a través del tiempo y la distancia, que diría Iván Ferreiro, pero que no leería de nuevo –me permito el uso del condicional porque, en los tiempos que corren y tratándose de literatura, no pondría la mano en el fuego por mí misma–. Historias que he disfrutado, pero que no se quedarán conmigo. Los detalles del argumento se desdibujarán en mi mente; transcurridos los días, los meses, los años, no conservaré más que un breve y borroso recuerdo, un apunte impreciso, una nota a pie de página. La segunda revelación que experimenté revisando mis lecturas fue que no era capaz de explicar a nadie –ni siquiera de comprender yo misma– por qué había valorado con cinco estrellas algunos de mis libros favoritos. Carecía de criterios objetivos en los que fundamentar mi decisión. No era porque las palabras, porque la historia, porque las metáforas, porque el autor… No había motivos.
Se trata de ese 10% inabarcable. Esa última milla que no está en mano de todos recorrer. Ese impulso final, ese extremo del mundo, ese rayo intraducible, ese remedio al desasosiego, ese abrazo de palabras. Ese algo insondable que separa un libro que te gusta de un libro que te cambia la vida, y que no sabemos definir ni concretar, ni podemos señalar con el dedo. No se elige la lluvia que va a calarte hasta los huesos. ¿Por qué hay canciones que me conmueven a mí, sólo a mí, que me enternecen como ninguna otra, y cuando las regalo, con ilusión infantil, a mis amigos, no son capaces de encontrar en ellas lo que yo encontré? ¿Por qué algunas personas, que podrían presumir de ser, sobre el papel, todo aquello con lo que he soñado en esta vida, no consiguen evocar nada en mí cuando las pienso, y en cambio otras que no podrían estar más alejadas de mi ideal teórico, que no me harían girar la cabeza si nos cruzásemos por la calle, me hacen temblar las rodillas? ¿Por qué nos tocan de una manera distinta algunos libros, por qué algunas canciones, por qué algunas personas? No hay respuesta, sólo una pregunta repetida hasta el infinito. La calidad objetiva y nuestros gustos subjetivos sólo abarcan el 90% de nuestra percepción de las cosas. El 10% restante, que no tiene nombre ni contorno conocido, es como una luz que ilumina la oscuridad, y que sólo se prende, si es que llega a hacerlo, con lo que se creó para nosotros, con la forma exacta de nuestros vacíos.



Buenos días!! Me ha encantado la forma de narrarlo, de llevarme a divagar por mi mente para comprobar ¿Por qué recomiendo un libro con más énfasis que otro? ¿Porque las cinco estrella? Y es que, no me había dado cuenta de ese 10% que comentas.
Que tengas un bonito día ❤️