<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0" xmlns:itunes="http://www.itunes.com/dtds/podcast-1.0.dtd" xmlns:googleplay="http://www.google.com/schemas/play-podcasts/1.0"><channel><title><![CDATA[Vértigo]]></title><description><![CDATA[Vértigo]]></description><link>https://juliapuigsoto.substack.com</link><image><url>https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!syxK!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F2348675d-4573-434b-9622-d8498c480d34_1080x1080.png</url><title>Vértigo</title><link>https://juliapuigsoto.substack.com</link></image><generator>Substack</generator><lastBuildDate>Mon, 15 Jun 2026 15:35:02 GMT</lastBuildDate><atom:link href="https://juliapuigsoto.substack.com/feed" rel="self" type="application/rss+xml"/><copyright><![CDATA[Julia Puig]]></copyright><language><![CDATA[en]]></language><webMaster><![CDATA[juliapuigsoto@substack.com]]></webMaster><itunes:owner><itunes:email><![CDATA[juliapuigsoto@substack.com]]></itunes:email><itunes:name><![CDATA[Julia Puig]]></itunes:name></itunes:owner><itunes:author><![CDATA[Julia Puig]]></itunes:author><googleplay:owner><![CDATA[juliapuigsoto@substack.com]]></googleplay:owner><googleplay:email><![CDATA[juliapuigsoto@substack.com]]></googleplay:email><googleplay:author><![CDATA[Julia Puig]]></googleplay:author><itunes:block><![CDATA[Yes]]></itunes:block><item><title><![CDATA[Diarios de Londres: ghost of a leaf, ghost of a bird.]]></title><description><![CDATA[Algunas notas no demasiado breves sobre visitar la ciudad por primera vez (buscando a Sylvia Plath)]]></description><link>https://juliapuigsoto.substack.com/p/diarios-de-londres-ghost-of-a-leaf</link><guid isPermaLink="false">https://juliapuigsoto.substack.com/p/diarios-de-londres-ghost-of-a-leaf</guid><dc:creator><![CDATA[Julia Puig]]></dc:creator><pubDate>Thu, 12 Mar 2026 18:36:56 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kLIt!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Soy una mujer de 31 a&#241;os que nunca ha pisado Londres sentada en un avi&#243;n que vuela hacia Londres: un choque frontal de realidades. Durante 31 a&#241;os esa falta ha sido una piedra fundacional en mi percepci&#243;n de m&#237; misma. Mi identidad desde adolescente se organiz&#243; en torno a la ausencia de Londres, o, mejor dicho, he crecido imaginando a la mujer en la que iba a convertirme, la que alg&#250;n d&#237;a ser&#237;a digna de esta ciudad. Pensaba: tarde o temprano estar&#233; lista y se callar&#225; todo el ruido; el laberinto dejar&#225; por fin de girar a mi alrededor y se abrir&#225; ante m&#237; un paso despejado hacia Piccadilly Circus, y entonces sabr&#233; que es el momento. Algo similar me ocurre con Nueva York: almaceno en mi cabeza la idea de ella como una especie de El Dorado que s&#243;lo podr&#233; encontrar cuando haya agotado el resto de experiencias a&#250;n pendientes en mi vida, los doce trabajos que tengo que consumar hasta ser merecedora de llegar all&#237;. Mientras tanto he colgado un mapa de los boroughs en mi sal&#243;n &#8211;en el que no aparece Staten Island; creo que es demasiado antiguo&#8211;  en honor de ese sue&#241;o que mantengo siempre frente a m&#237;. Suena bastante <em>naive</em> todo esto, ya lo s&#233;. En realidad, probablemente a&#250;n no he ido a Nueva York porque es caro, pero si puedo elegir, prefiero el mito que yo misma me cuento. Con respecto a Londres, sin embargo, se me han terminado las excusas, as&#237; que en Navidad decid&#237; que en 2026 iban a ocurrirme muchas cosas bellas, y que esta visita tan pendiente bien podr&#237;a ser una de ellas, y compr&#233; los billetes. Ahora, en el avi&#243;n, me entran de nuevo las dudas: &#191;estoy preparada? &#191;Es este, de verdad, el momento indicado? Tal vez no hay otro.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>Se pone el sol mientras camino por la ciudad por primera vez, y todo est&#225; azul a mi alrededor. Est&#225; lloviendo y no s&#233; a d&#243;nde voy: he salido del alojamiento despu&#233;s de dejar la mochila y he echado a andar sin m&#225;s, batallando con el paraguas y con la bolsa, con un cigarrillo que quiere escurrirse de entre mis dedos, con el calcet&#237;n derecho mojado porque me despist&#233; y met&#237; el pie en un charco. Entonces levanto la vista y veo la National Gallery ante m&#237;, pero a&#250;n no s&#233; que es la National Gallery. S&#243;lo cuando abro Google Maps y veo la bolita azul de mi ubicaci&#243;n sobre Trafalgar Square tomo conciencia de d&#243;nde estoy. En los pr&#243;ximos d&#237;as visitar&#233; muchos lugares &#8211;Notting Hill, King&#8217;s Cross, el Big Ben&#8211; y a cada uno de ellos lo aguardar&#225; en mi cabeza una historia de ficci&#243;n en la que lo conoc&#237; primero. Visitar Londres por primera vez no se parece a nada, no es un descubrimiento ni un sumergirse ni consiste en llegar a ninguna parte. No existen ojos nuevos para esta ciudad; he le&#237;do mil veces sobre estos lugares, atesoro sus nombres, la sonoridad de las palabras en la lengua. Es como ver un &#225;lbum de fotos antiguas con tu abuela y lograr ponerle cara a las personas que s&#243;lo conoc&#237;as a trav&#233;s de sus historias; crear im&#225;genes mentales para lo que hasta ahora s&#243;lo eran nombres, palabras. He pensado muchas veces <em>Trafalgar Square</em>; lo he le&#237;do, lo he pronunciado, pero no sab&#237;a lo que era estar de pie en la plaza, mirando hacia las estatuas en las fuentes, con el Big Ben de frente y la National Gallery a la espalda. Ahora lo s&#233;.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>S&#225;bado al mediod&#237;a, Brunswick Square. Virginia Woolf vivi&#243; brevemente en esta plaza antes de casarse, en unos edificios que ya no existen. Digo plaza, pero en realidad es un jardincito circular entre edificios, moteado de bancos verdes &#8211;algunos con una dedicatoria escrita en una placa met&#225;lica&#8211; y con senderos por los que pasear. He elegido un banco que est&#225; frente al &#225;rbol m&#225;s grande de la plaza, y pienso que quiz&#225;s Virginia se sent&#243; alg&#250;n d&#237;a donde yo estoy ahora a mirar sus ramas. Puede que tambi&#233;n Sylvia Plath, que vivi&#243; en Bloomsbury con Ted Hughes antes de su boda, viniera alg&#250;n d&#237;a a pasear a Brunswick y a seguir las huellas de Virginia. Ahora soy yo la que sigue las suyas. El &#225;rbol est&#225; todav&#237;a sin hojas, igual que todos los &#225;rboles de Londres &#8211;excepto los cerezos y las magnolias, cuyas flores ya est&#225;n empezando a asomar las cabecitas&#8211;, pero me esfuerzo en imaginarlo verde y frondoso bajo el sol. A&#250;n no he visto el sol en Londres, pero fantaseo con que modifica la ciudad entera, la renueva, le sacude las sombras, de manera que en mi pr&#243;ximo viaje, cuando pueda verla soleada, ser&#225; como visitar una ciudad distinta, como pisar Londres de nuevo por primera vez. El &#225;rbol est&#225; lleno de petirrojos &#8211;&#191;son petirrojos o s&#243;lo lo creo porque tienen el pecho rojo?&#8211; que parecen muy peque&#241;itos en medio de todas esas ramas desnudas y curvadas como dedos de bruja. Entonces una se&#241;ora con el pelo blanco se acerca a m&#237; y me dice: <em>you&#8217;re always here reading, right?</em>. Por un momento sue&#241;o con decirle que s&#237;, que soy yo; evoco una existencia paralela en la que vivo en Londres y tengo tiempo para leer en un banco todos los d&#237;as. La se&#241;ora me cuenta que el &#225;rbol tiene m&#225;s de doscientos a&#241;os, que probablemente data de cuando se planific&#243; Brunswick Square, en 1796. Es el segundo platanero m&#225;s viejo de Londres. Pienso que s&#237;, que definitivamente Virginia pos&#243; sus ojos sobre &#233;l y dej&#243; volar su imaginaci&#243;n, igual que he hecho yo. La se&#241;ora me cuenta que es escritora: ha publicado cinco libros, casi todos de ensayo, y trabaj&#243; como freelance para Cosmopolitan durante a&#241;os; hace un peque&#241;o bailecito mientras confiesa que ahora, por fin, est&#225; volviendo a escribir ficci&#243;n. Naci&#243; en Nueva York, pero ha vivido en varias ciudades europeas y norteamericanas. Afirma que Londres es su favorita, que no hay otra igual. Me deletrea su nombre; despu&#233;s, cuando se marche, la buscar&#233; en Google y descubrir&#233; que tiene noventa a&#241;os, una entrada en la Wikipedia, y un libro sobre Londres, a la que lleg&#243; en 1963 desde Par&#237;s, el a&#241;o en que muri&#243; Sylvia. Qu&#233; fortuna habernos cruzado. Le cuento que yo tambi&#233;n escribo; decirlo as&#237;, <em>I write sometimes too</em>, suena aguado y cobarde, as&#237; que le digo:<em> I am also a writer</em>. Es la primera vez que lo digo de esta manera, que me lo apropio en voz alta. En ingl&#233;s suena menos definitivo, aunque en realidad s&#243;lo es la exposici&#243;n de una actividad que se repite. Aquella que escribe constantemente, &#191;qu&#233; otra cosa puede ser? Despu&#233;s de charlar un rato, me dice:<em> I know we&#8217;ll meet again</em>, me saluda con la mano desde lejos, y se va. Siento que es el propio Londres quien me lo dice, o el &#225;rbol, o quiz&#225;s la escritura.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>Sylvia Plath le dijo a su madre en una carta que Londres era la &#250;nica ciudad del mundo en la que querr&#237;a vivir. Fue su manera de responder a la sugerencia que le hab&#237;a hecho ella en el invierno de 1962-1963, uno de los m&#225;s fr&#237;os de los &#250;ltimos cien a&#241;os, de que quiz&#225;s era el momento de regresar a Estados Unidos. Sola con sus dos hijos peque&#241;os despu&#233;s de separarse de Ted Hughes, Sylvia acababa de instalarse en el 23 de Fitzroy Road, en la misma casa en la que hab&#237;a vivido el poeta W.B. Yeats. Sylvia cre&#237;a que le traer&#237;a suerte, y que todo lo que escribiese en esa casa estar&#237;a bendecido por su presencia. Aqu&#237; estoy ahora, de pie frente al n&#250;mero 23, en Primrose Hill. Es un edificio de ladrillo gastado, con ventanas blancas de madera y un frontal verde agua. En la planta de abajo alguien est&#225; haciendo el desayuno; hacia la calle sube vapor caliente y olor a caf&#233; y a m&#237;, que a&#250;n no he tomado ninguno, se me hace la boca agua. Ayer estuve ya en el 18 de Rugby Street, en Bloomsbury, donde Hughes viv&#237;a cuando conoci&#243; a Plath, y tambi&#233;n visit&#233; la iglesia en la que se casaron. Es diminuta y sencilla, sin apenas ornamentos m&#225;s all&#225; de dos angelitos de piedra no m&#225;s grandes que mis gatos; una iglesia de barrio. En un poema que Ted Hughes escribi&#243; sobre su boda, A Pink Wool Knitted Dress, explica: <em>However &#8211; if we were going to be married / It had better be Westminster Abbey. Why Not? / The Dean told us why not. That is how / I learned that I had a Parish Church / St George of the Chimney Sweeps.</em> San George, patr&#243;n de los deshollinadores; es perfecto. No creo que una boda en la abad&#237;a de Westminster hubiese sido mejor. La visita a la iglesia me puso de buen humor; recorr&#237; todo el camino desde Rugby Street &#8211;igual que, supongo, hicieron ellos&#8211; y los imagin&#233; caminando delante de m&#237; con su paraguas reci&#233;n comprado, Sylvia con aquel vestido rosa de punto, quiz&#225;s entreteni&#233;ndose a recolocarse los tacones. Pero hoy estoy aqu&#237; y pienso: aqu&#237; muri&#243; Sylvia. Sylvia, cuya foto sonriente con sus ni&#241;os tengo yo en la mesita de noche como quien tiene la de su abuela, coloc&#243; en esta casa unas toallas en las puertas de las habitaciones de sus hijos y les prepar&#243; el desayuno y un vaso de leche, y lo dej&#243; al lado de sus camitas para cuando se despertasen sin ella, y despu&#233;s todo lo dem&#225;s. Aqu&#237; termin&#243; todo para Sylvia. Hace un d&#237;a muy neblinoso y la calle est&#225; vac&#237;a porque Primrose Hill a&#250;n es un barrio residencial y es domingo por la ma&#241;ana. Me da verg&#252;enza estar aqu&#237; de pie en la calle de puntillas, como un mir&#243;n, tratando de atisbar por la ventana la disposici&#243;n interior de la casa: d&#243;nde estaba el sal&#243;n, d&#243;nde la cocina, d&#243;nde tendr&#237;a Sylvia la mesa de trabajo donde escribi&#243; los cuarenta poemas de Ariel. Me da verg&#252;enza porque me ruedan l&#225;grimas por las mejillas pero, si me preguntasen, no sabr&#237;a explicar por qu&#233; lloro. Llevo m&#225;s de un a&#241;o avanzando lentamente por todo el material biogr&#225;fico de Sylvia en orden cronol&#243;gico: las cartas, los diarios &#237;ntimos, algunos de los libros que se han escrito sobre ella. A&#250;n voy por la Navidad de 1954: Sylvia est&#225; feliz en su &#250;ltimo a&#241;o de universidad en Smith, escribiendo su tesis sobre la figura del doble en la obra de Dostoievsky, y ni siquiera ha conocido a&#250;n a Ted. Intento leer sus cartas como lo que son, las idas y venidas de una chica con una mente brillante que ha logrado dejar atr&#225;s un intento de suicidio y aguarda con esperanza la llegada del futuro, sin dejar que la certeza de c&#243;mo termin&#243; la historia contamine mi mirada. Cuando estoy en mi casa leyendo con un caf&#233; es f&#225;cil, pero aqu&#237;, frente al 23 de Fitzroy Road, todo se vuelve demasiado real. Para no levantar las sospechas de los vecinos, paseo hasta el parque de Primrose Hill y me acomodo en un banco en la colina con vistas al barrio. En la lejan&#237;a apenas se ven los edificios entre tanta niebla. No saco el libro que llevo en la bolsa, ni anoto nada en el diario; dejo que mi mirada se enrede entre los &#225;rboles y trato de animarme imaginando a Sylvia pasear a su hija Frieda por el c&#233;sped con el carrito cuando a&#250;n viv&#237;an en Chalcot Square y Ted y ella segu&#237;an juntos y eran felices. Un hombre se acerca despacio, se detiene frente a m&#237; y me dice: <em>you look terribly sad</em>, y s&#233; que es cierto.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>Hampstead Heath es un parque mucho m&#225;s salvaje que el resto de los que hay en Londres: carece de caminos pavimentados y los &#225;rboles son alt&#237;simos igual que piernas de gigantes,  y est&#225;n muy juntos, como si fuera un bosque. Quiz&#225;s parque no sea la palabra adecuada. Aqu&#237; llueve tan a menudo que las ramas est&#225;n cubiertas de musgo. El cielo sigue gris; todo est&#225; lleno de barro y de niebla y hay algo misterioso en el aire, como de p&#225;ramo de Emily Bront&#235;. Despu&#233;s de un rato de paseo &#8211;y de llenarme los zapatos de barro&#8211; llego hasta Parliament Hill Fields y consigo hacerme con uno de los banquitos con vistas. El verde de la hierba refulge contra el cielo blanco. Recuerdo que Sylvia tiene un poema que lleva precisamente ese t&#237;tulo, Parliament Hill Fields, y lo busco en el m&#243;vil. La poes&#237;a en ingl&#233;s me gusta leerla en voz alta para m&#237; misma, siento que es as&#237; como toman cuerpo las palabras. Miro alrededor, comparo lo que veo con las descripciones que Sylvia hace de este mismo lugar. <em>Faceless and pale as china / the round sky goes on minding its business</em>. Dice que la ciudad se derrite como az&#250;car. Leo que es un poema sobre su aborto involuntario, que lo escribe para ese ni&#241;o que ya no ser&#225;. <em>Your absence is inconspicuous / nobody can tell what I lack. </em>De vez en cuando, un perro viene a olisquear mis zapatos llenos de barro. Vuelvo al poema: <em>ghost of a leaf, ghost of a bird. </em>Habla del ni&#241;o, pero lo encuentro adecuado tambi&#233;n para el paisaje; entre esta niebla que no se deshace, las cosas parecen s&#243;lo espectros de s&#237; mismas. Despu&#233;s bajo la colina cuid&#225;ndome de no resbalar y recorro Hampstead: la casa de Keats, que ahora es un museo; las calle principal llena de tiendas y cafeter&#237;as, y las callecitas residenciales, con sus casas de ladrillo y esos jardines tan agrestes. Entro a Waterstones para calentarme un poco, sin intenci&#243;n de comprar &#8211;porque he venido a Londres s&#243;lo con una mochila y ya he comprado m&#225;s libros de los que puedo cargar&#8211;, pero termino sin querer en la secci&#243;n de poes&#237;a, frente a la colecci&#243;n de Plath. Tienen la edici&#243;n de Faber de Crossing the water, un pu&#241;ado de poemas escritos entre El Coloso y Ariel que Sylvia no lleg&#243; nunca a publicar en vida. Entre ellos se encuentra Parliament Hill Fields. Por supuesto, lo compro; despu&#233;s lo guardo en la bolsa y desando el camino completo: de nuevo las cafeter&#237;as, las tiendas, las casitas, la subida por la colina embarrada hasta el mismo banco de madera, donde vuelvo a leer de nuevo el poema en voz alta. <em>While the heath grass glitters and the spindling rivulets / unspool and spend themselves. My mind runs with them.</em> Ahora s&#237;, creo que Sylvia estar&#237;a contenta.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kLIt!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kLIt!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg 424w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kLIt!,w_848,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg 848w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kLIt!,w_1272,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg 1272w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kLIt!,w_1456,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg 1456w" sizes="100vw"><img src="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kLIt!,w_1456,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg" width="1456" height="1941" data-attrs="{&quot;src&quot;:&quot;https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg&quot;,&quot;srcNoWatermark&quot;:null,&quot;fullscreen&quot;:null,&quot;imageSize&quot;:null,&quot;height&quot;:1941,&quot;width&quot;:1456,&quot;resizeWidth&quot;:null,&quot;bytes&quot;:5226245,&quot;alt&quot;:null,&quot;title&quot;:null,&quot;type&quot;:&quot;image/jpeg&quot;,&quot;href&quot;:null,&quot;belowTheFold&quot;:true,&quot;topImage&quot;:false,&quot;internalRedirect&quot;:&quot;https://juliapuigsoto.substack.com/i/190663349?img=https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg&quot;,&quot;isProcessing&quot;:false,&quot;align&quot;:null,&quot;offset&quot;:false}" class="sizing-normal" alt="" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kLIt!,w_424,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg 424w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kLIt!,w_848,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg 848w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kLIt!,w_1272,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg 1272w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kLIt!,w_1456,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F616dbdd9-d9d3-48c7-aba3-a0b5d3f05373_3000x4000.jpeg 1456w" sizes="100vw" loading="lazy"></picture><div class="image-link-expand"><div class="pencraft pc-display-flex pc-gap-8 pc-reset"><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container restack-image"><svg role="img" width="20" height="20" viewBox="0 0 20 20" fill="none" stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" y2="10"></line><line x1="3" x2="10" y1="21" y2="14"></line></svg></button></div></div></div></a></figure></div><p></p><p style="text-align: center;">***</p><p>Estoy triste porque no quiero volver a casa. Nunca me ocurre; reencontrarme con mis libros, mis plantas, mis gatos y todo lo dem&#225;s suele ser un gran incentivo, pero hoy hago el camino hacia el aeropuerto cabizbaja &#8211;y con tres jerseys puestos, porque he comprado demasiados libros&#8211;. Alguien en las alturas me escucha y retrasan mi vuelo una vez, y despu&#233;s otra, y otra m&#225;s, y ruego en mi interior porque la aerol&#237;nea se apiade de los pasajeros y nos pague un hotel: mi bola extra, otra noche en la ciudad. Espero acurrucada en un asiento de pl&#225;stico mientras leo una biograf&#237;a de Ted Hughes que encontr&#233; en una librer&#237;a de segunda mano de Bloomsbury, pero no hay suerte. Cuando la mitad del pasaje ya ha embarcado por fin y la otra mitad espera en la pista rodeados de niebla, el sistema se rompe y anuncian que deben revisar las tarjetas de embarque una a una <em>otra vez</em>. Yo he tenido suerte y ya estoy dentro del avi&#243;n. La se&#241;ora del asiento de al lado y yo compartimos confidencias mientras esperamos; llevo cuatro d&#237;as sin apenas hablar con nadie m&#225;s que para pedir un <em>egg mayo sandwich</em>. Hay un acuerdo impl&#237;cito: s&#243;lo se habla mientras el avi&#243;n est&#233; en tierra, los vuelos son para leer. Cuando despegamos ella abre Las gratitudes, y yo vuelvo a Ted. Leo sobre su infancia en Yorkshire como ni&#241;o alt&#237;simo y devoto de los animales, sobre su hermano Gerald, su descubrimiento de la poes&#237;a y el lenguaje, sus a&#241;os en la universidad. Cuando llego a la fiesta en la que conoci&#243; a Sylvia &#8211;ella le mordi&#243; en la mejilla hasta hacerlo sangrar&#8211; el avi&#243;n ya est&#225; descendiendo entre sacudidas. Aferrada al libro, descubro que, a su vuelta a Cambridge d&#237;as despu&#233;s de la fiesta, &#233;l averigu&#243; su direcci&#243;n y fue con un amigo a tirar piedritas a la que cre&#237;a que era su ventana para tratar de despertarla. Era el 9 de marzo de 1956. Hoy es el 9 de marzo de 2026. Han pasado exactamente setenta a&#241;os. Entonces se apagan las luces para el aterrizaje; cierro los ojos y pienso en ellos y tambi&#233;n en m&#237;, en la vida que me espera en casa. El avi&#243;n toca tierra y ya estoy de vuelta en Madrid, pero ahora soy otra persona: una que ya tiene su propio Londres dentro.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Apuntes sobre la voz de las mujeres]]></title><description><![CDATA[Carta abierta a un hombre -cualquier hombre- que no lee a mujeres.]]></description><link>https://juliapuigsoto.substack.com/p/apuntes-sobre-la-voz-de-las-mujeres</link><guid isPermaLink="false">https://juliapuigsoto.substack.com/p/apuntes-sobre-la-voz-de-las-mujeres</guid><dc:creator><![CDATA[Julia Puig]]></dc:creator><pubDate>Sun, 06 Jul 2025 15:03:42 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lvFr!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Feb0bc66e-1c09-44f5-a124-29998b49d54a_540x700.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><em>Disclaimer: </em></p><p><em>Este texto nace de la rabia y, como toda escritura rabiosa, se sostiene sobre generalizaciones que no siempre son ciertas: que los hombres no leen a las mujeres (hay, por supuesto, hombres que s&#237; lo hacen) y que las mujeres escriben s&#243;lo sobre la experiencia de ser mujer (las mujeres escriben de todo y sobre todo y as&#237; debe de ser). Perm&#237;tanme, sin embargo, que lo simplifique todo un poco, con el &#250;nico objetivo de hacerme entender mejor. La rabia hace tambi&#233;n que se vuelva un alegato un poco deshecho y descabezado, pero quiz&#225;s sin ella este texto ser&#237;a otra cosa, y me interesar&#237;a menos.</em></p><p><em>Ha habido dos disparadores que han dado a luz a este texto. El primero fue una conversaci&#243;n, hace unos meses, con un hombre que apenas lee a mujeres y quien, aunque plant&#243; la semilla de esta carta, no es su destinatario final; lo son todos los hombres, en mayor o menor medida o, al menos, aquellos que leen, aquellos dispuestos a escuchar. El segundo disparador fue la lectura de los relatos ganadores y finalistas de un concurso sobre las mujeres que me llevaron a preguntarme: &#191;en qu&#233; consiste la experiencia de ser mujer? &#191;Por qu&#233; parece en estos cuentos que ser mujer es dejar el suelo impoluto, parir siete hijos sin quejarte, y soportar con m&#225;s o menos entereza que tu marido te pegue? &#191;No hay otra imagen arquet&#237;pica de la mujer m&#225;s que la de ese ser sacrificado y vulnerable? &#191;Qu&#233; har&#237;a falta para que surgiese en la mente de todos los escritores -hombres y mujeres- un nuevo estereotipo de mujer m&#225;s cimentado en este siglo? Quiz&#225;s si unas explican, y otros escuchan, pueda llegar a nacer, alg&#250;n d&#237;a, una nueva Jane Doe sin moratones y sin una escoba en la mano.</em></p><div><hr></div><p>Eres un hombre. Existes en un mundo hecho a tu medida, en el que cada constructo social, cada estudio m&#233;dico, cada plural gen&#233;rico tiene la forma exacta de tu cuerpo. Todo a tu alrededor est&#225; hecho para ti, todo te incluye. Te sientes c&#243;modo con el lugar que habitas. Alzas la voz; no sientes que deber&#237;as ocupar menos espacio, o tratar de decir las cosas de otra forma, o aprender a organizar tus palabras de un modo que los dem&#225;s puedan entender. No te preocupa rebajar el tono para no resultar agresivo, porque sabes que no te pasar&#225; nada si es as&#237;. Los hombres ten&#233;is ese derecho inherente a la agresividad verbal, que en vosotros se llama s&#243;lo vehemencia. Tampoco intentas no molestar. No se trata de que no te importe; simplemente, no se te ocurre que algo de lo que digas podr&#237;a resultar molesto. Sabes que siempre habr&#225; alguien interesado en tu opini&#243;n, que tus chistes encontrar&#225;n a su p&#250;blico, porque ese mundo que es el tuyo abre siempre los brazos para sostenerte. </p><p>No sabes que, a tan s&#243;lo unos mil&#237;metros, existe, como una burbuja de jab&#243;n trasl&#250;cida, otro mundo paralelo habitado por las mujeres en el que suceden cosas que t&#250; nunca has visto, en las que t&#250; nunca has pensado. All&#237;, en esas tierras salvajes, ocurre que lo que dices puede ser invalidado por c&#243;mo lo dices. Si tu tono es demasiado tajante el mensaje deja de tener sentido para el resto, y se le atribuye s&#243;lo a la rabia que sientes. Sonar demasiado dulce tambi&#233;n es un problema; no te tienen en cuenta, porque apenas logran o&#237;r tu voz. Es dif&#237;cil dar con la nota que los hombres escuchan; como los perros, que s&#243;lo ven en blanco y negro, sus o&#237;dos parecen poder percibir s&#243;lo un espectro limitado de sonidos. Las palabras est&#225;n hechas de una materia distinta aqu&#237;, tienen otra contextura; no s&#243;lo sostienen un significado, tambi&#233;n deben llevar la cobertura precisa, ir envueltas en un tono que garantice la entrega de su mensaje. En este mundo ocurren otras cosas tambi&#233;n, cosas que no son el objeto de estas l&#237;neas, pero cuya existencia a menudo ignoras, porque en tu mundo no tienen cabida: el sobresalto nocturno por las calles oscuras, la sexualizaci&#243;n de los cuerpos, la indefensi&#243;n permanente. La sensaci&#243;n de ser como una fruta madura colgando de un &#225;rbol, siempre expuesta a que un hombre pase por delante y sienta que tiene derecho a alargar la mano y cogerla. En este lugar rec&#243;ndito desde el que te escribo, a veces hay que esforzarse el doble para ser escuchada.</p><p>&#191;C&#243;mo explicarle a un hombre lo que es ser mujer? Es imposible. No hay salvoconductos ni visados de estudiante para ese otro mundo; eres un hombre, y aqu&#237; no puedes asomarte. Existimos a tu lado constantemente: nos cruzamos contigo por la calle, quiz&#225;s te vendemos algo en una tienda, somos tus amigas, tus compa&#241;eras de trabajo; limpiamos tus ba&#241;os, parimos a tus hijos, pero, &#191;qu&#233; pensamos? &#191;Qu&#233; pasa por la cabeza de una mujer mientras se parte en dos para traer a tu hijo al mundo? &#191;En qu&#233; piensa mientras, de rodillas, frota tu plato de ducha? &#191;No te has preguntado nunca si su cabeza est&#225; engranada de otra manera, con tuercas que se entrecruzan y mecanismos distintos, que tal vez giran en direcciones opuestas? &#191;C&#243;mo averiguarlo, si no se puede cruzar nunca el puente que lleva a ese otro mundo que para ti es desconocido? Existe una sola manera: las palabras. Sentarse a escuchar, y dejar que las nativas te hablen de su lugar de origen.</p><p>Pero eres un hombre, y s&#243;lo lees a otros hombres. Lo haces sin maldad y sin premeditaci&#243;n, es s&#243;lo que crees que debes leer solamente lo que llama tu atenci&#243;n de primeras, que leer es ante todo un entretenimiento, y no puede someterse a los designios de la voluntad. As&#237;, dejas que un libro te lleve a otro libro &#8211;no pones nunca freno a ese tobog&#225;n de penes&#8211;, sin darte cuenta de que el autor hombre admira y escribe siempre de otro autor hombre, porque es quien utiliza un lenguaje que &#233;l puede comprender. Te enorgulleces de haber le&#237;do a algunas mujeres, pero eran s&#243;lo aquellas a las que el autor hombre considera relevantes, mujeres como Plath o Woolf &#8211;a las que llamas, condescendientemente, Sylvia o Virginia, mientras que Bukowski nunca es s&#243;lo Charles&#8211;, que han sido ya le&#237;das por otros hombres, traducidas por otros hombres, aupadas por otros hombres hasta el mismo estante de la <em>alta literatura</em> donde hoy t&#250; las encuentras, legitimadas y listas para ser le&#237;das por ti. Mujeres que los hombres <em>pueden</em> admirar, porque su obra ha resistido el paso del tiempo y eso de alguna manera las valida ante tus ojos pero ya est&#225;n muertas, su voz no grita como antes, ya no pueden se&#241;alarte con el dedo desde su inh&#243;spito pa&#237;s extranjero. No lees a mujeres que viven hoy, que sienten hoy, que pueden acusarte de cerrar los ojos a su realidad, o peor a&#250;n, colocarte frente a frente con ella. &#191;Por qu&#233; te da miedo mirarte en nuestro espejo deformado, encontrarte de cara con lo que t&#250;, y otros como t&#250;, posibilit&#225;is que ocurra en un mundo que es hostil para m&#237;, para otras como yo?</p><p>Prefieres leer a Fante, a Bola&#241;o, a Kafka, repites eso de que <em>un libro debe ser un hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros</em> pero despu&#233;s, protegiendo tu propio mar helado, te resistes a escuchar la voz de las mujeres, a dejar que se convierta en una mano tendida que te invita a asomarte a esa burbuja imposible donde ocurren cosas que no creer&#237;as. Me explicas, si te pregunto, que no quieres obligarte a leer nada, que en tus lecturas no existe cuota posible, que t&#250; lees sin bandera ni ideolog&#237;a. Y, sin embargo, las mujeres leemos al autor hombre constantemente, a pesar de que no escribe para nosotras, de que cuando se sienta en su escritorio a mesarse la barba mientras pone por escrito lo que cree sin ninguna duda que es La Verdad del Mundo no lo hace para que las mujeres puedan comprender, o perdonar, o siquiera aproximarse; no busca acercar posturas, s&#243;lo el aplauso de los que ya sienten como &#233;l, de los que ya despiertan en su mismo mundo todos los d&#237;as. Aun as&#237;, nosotras lo leemos. &#191;Por qu&#233;? Porque &#8216;&#8217;estamos repletas de pensamientos y observaciones masculinas&#8217;&#8217;, dice Rachel Cusk. Lo masculino es can&#243;nico y para nosotras tambi&#233;n preceptivo; quiz&#225;s as&#237; se explica esta generalizaci&#243;n, que resulta cierta casi siempre: las mujeres entienden a los hombres, pero los hombres no entienden, ni han entendido nunca, a las mujeres. Porque para resolver un puzzle el primer paso es mirar durante un rato las piezas, agruparlas por colores, tratar de discernir la imagen que forman. Sin observaci&#243;n y escucha activa no puede existir comprensi&#243;n. &#191;C&#243;mo se puede vivir cerca, tan cerca de algo, y no sentir el impulso de tocarlo, morderlo, darle vueltas entre las manos? Yo no s&#243;lo leo a hombres porque sea casi obligatorio; lo hago porque mi cuerpo se inclina en direcci&#243;n a lo que cuentan, porque quiero ver su imagen completa, porque existen a mi lado y necesito comprender c&#243;mo funcionan, expl&#237;came lo que yo no voy a vivir nunca, ll&#233;vame de la mano a tu masculinidad secreta. Y, sin embargo, puedo contar con los dedos de una mano los hombres que me han escuchado hablar de mis partos hasta el final, sin cambiar de tema, con inter&#233;s, haciendo preguntas. Existe una experiencia corporal muy salvaje que t&#250; nunca vas a atravesar y ni siquiera sientes curiosidad por c&#243;mo funciona. &#191;C&#243;mo esperar que te interese saber c&#243;mo viven las mujeres lo que s&#237; que te ocurre a ti todos los d&#237;as?</p><p>El orden del mundo ha cambiado, dir&#225;s. Con el nuevo siglo se ha alzado, por fin, la voz de las mujeres: ahora se nos publica m&#225;s, se nos ensalza, se nos lleva a conferencias y entrevistas, se nos concede el premio Nobel. De acuerdo. Pero si t&#250; no nos lees, &#191;de qu&#233; valdr&#225;? &#191;Para qu&#233; sirve una voz si nadie va a escucharla? Si gritamos frente al mar y el sonido de las olas cubre nuestras palabras, &#191;habremos dicho algo en realidad? Yo leo a mujeres como quien se mira en un espejo; las leo porque sus voces se parecen a mi voz, porque lo que han vivido yo lo he vivido con ellas. Pero t&#250; las leer&#237;as como quien cruza una puerta. Cuando un hombre lee a una mujer est&#225; tendiendo un puente. Despu&#233;s de atravesarlo nada ser&#225; ya lo mismo, la distancia entre los dos mundos se acorta, se torna casi invisible. Ser hombre y ser mujer se vuelve, simplemente, ser humano; yo te cuento lo que t&#250; no vives, y viceversa; a trav&#233;s de las palabras logramos alzarnos como andr&#243;ginos que a&#250;n no han sufrido el castigo de Zeus. Cuatro brazos, cuatro piernas, una sola experiencia. Pero para eso tienes que escuchar; tienes que leer a las mujeres.</p><p>Eres un hombre, y quiz&#225;s terminar&#225;s de leer esta carta con una ceja arqueada; quiz&#225;s despu&#233;s seguir&#225;s con tu vida y con tus lecturas. Pero mientras tanto ese mundo paralelo seguir&#225; latiendo debajo del tuyo; que t&#250; no quieras mirarlo no cambia nada. Seguiremos escribiendo para ti, tratando de explicarnos; el puente seguir&#225; ah&#237;, en los libros de las mujeres, esperando a que llegue el d&#237;a en que t&#250; lo cruces.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lvFr!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Feb0bc66e-1c09-44f5-a124-29998b49d54a_540x700.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lvFr!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Feb0bc66e-1c09-44f5-a124-29998b49d54a_540x700.jpeg 424w, 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class="pencraft pc-display-flex pc-gap-8 pc-reset"><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container restack-image"><svg role="img" width="20" height="20" viewBox="0 0 20 20" fill="none" stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" 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GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!JXgl!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff637e2df-2337-411c-ba35-ab2ef8db3c8e_3024x4032.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Escribi&#243; Marta Jim&#233;nez Serrano en No todo el mundo &#8211;quiz&#225;s una de las frases m&#225;s citadas en redes este a&#241;o&#8211; que <em>acaso el amor sea la capacidad de que la conversaci&#243;n siga siendo siempre interesante</em>. Para m&#237; el asunto va incluso m&#225;s all&#225;: el amor <em>es</em> una conversaci&#243;n. No hay otra cosa. Dan igual la qu&#237;mica, la f&#237;sica, las hormonas; sin la conversaci&#243;n no hay m&#225;s que arena escurriendo entre los dedos. Puedo ir m&#225;s lejos: un amor puede edificarse s&#243;lo sobre palabras, sin necesidad de nada m&#225;s; puede nacer, como una sax&#237;fraga floreciendo en las rocas, entre dos personas que nunca se han tocado, ni se han besado, que tal vez incluso ni se han mirado a los ojos, pero han conversado; han intercambiado palabras. Las palabras son soporte y sost&#233;n de todo lo que puede nacer entre dos individuos; no existe nada que valga la pena, nada, que no se cimente sobre ellas. Palabras como fuegos artificiales, como manos tendidas, como flores abri&#233;ndose en el agua; palabras como el estallido de una bomba en el silencio de la noche. A veces, las palabras ni siquiera se pronuncian; el mensaje puede esconderse incluso en lo que no se dice, en lo que conscientemente se deja por decir, et&#233;reo, flotando en el aire, tan s&#243;lo un significado sin significante que lo sostenga, que no ocupa espacio pero sin embargo existe, y posee su propio relieve impreciso. La conversaci&#243;n contin&#250;a fuera de los senderos marcados por lo articulado, en los m&#225;rgenes, en la maleza impenetrable de lo que no se tuvo ocasi&#243;n de decir pero cuyo contorno fue, de todos modos, adivinado entre las hojas.</p><p>Si el amor es una conversaci&#243;n, &#191;qu&#233; es amar, sino buscar a tientas un interlocutor, tenderle la mano a un ente intangible e invitarlo a sentarse a la mesa y conversar con uno? En una entrevista en 1981 para el programa A fondo de RTVE, Carmen Mart&#237;n Gaite afirmaba que <em>si siempre pudi&#233;ramos hablar bien con toda la gente, tal como queremos (&#8230;) quiz&#225;s no escribir&#237;amos; es como un suced&#225;neo. En vista de que no encuentras ese interlocutor, pues te pones a escribir. (&#8230;) En el momento en que hay alguien con quien puedes hablar, para m&#237; que se quite el cine, el teatro, los viajes y hasta incluso placeres m&#225;s fuertes. </em>Muchas de las cosas que escribo &#8211;quiz&#225;s estas mismas l&#237;neas&#8211; surgen de la ausencia lacerante de interlocutor; se escribe como se lanza al mar una botella de cristal con un mensaje enrollado dentro, cargado de cosas que uno no tiene la oportunidad de decir en voz alta. As&#237; nacen, supongo, todas las cartas de amor. Escribir es un poco como el sollozo desolador de un beb&#233; reci&#233;n nacido que reclama desgarradoramente la atenci&#243;n de su madre, pero es un acto condenado a fracasar siempre, incluso aunque el libro resultante del llanto llegue a ser le&#237;do y apreciado &#8211;lo que no siempre es el caso&#8211;; porque un lector, que s&#243;lo asiente y recibe, no puede llegar nunca a ser un interlocutor, que es alguien que, por definici&#243;n, no s&#243;lo escucha lo que tienes que decir, sino que tambi&#233;n ensambla sus propias ideas y sentimientos &#8211;coloca unas palabras junto a las otras&#8211; y con ellos elabora una respuesta.</p><p>Hace unos meses estuve leyendo las cartas que Franz Kafka le escribi&#243; a Milena Jesensk&#225; en 1920. Se conocieron en un encuentro de literatos en un caf&#233;; ella le pidi&#243; permiso para traducir algunos de sus relatos al checo. Milena viv&#237;a en Viena, y Franz en Praga, as&#237; que su relaci&#243;n se gest&#243; por escrito, acomodada entre palabras, resguardada de la vida y de la realidad como un barquito que se construye dentro de una botella. Despu&#233;s del encuentro en el caf&#233; se vieron s&#243;lo dos veces m&#225;s. No importa, en las cartas est&#225; todo: lo bello, lo sucio, el miedo, la incomprensi&#243;n, lo imposible, el abrazo, los desencuentros, el cari&#241;o. El amor. Pero las respuestas de Milena a Franz no se conservan; tras la muerte de Kafka, Jesensk&#225; le pidi&#243; a Max Brod, amigo &#237;ntimo del autor, que las recogiese de la casa familiar. Al menos podemos escuchar su voz en algunas misivas que le escribi&#243; al propio Brod; en una de ellas afirma: <em>estoy tan sola como est&#225;n solos los mudos</em>. Ah&#237; est&#225; de nuevo: el dolor indescriptible del silencio al otro lado, de la falta total de comprensi&#243;n y respuesta; el tormento de la ausencia de interlocutor.</p><p>Resulta un poco extra&#241;a la lectura de las <em>Cartas a Milena</em>; s&#243;lo escuchamos a Franz, su voz inconfundible, sus desvar&#237;os y pesadillas, sus miedos sin fundamento, su amor dif&#237;cil de ocultar; pero flota siempre sobre el lector la falta de respuesta, el vac&#237;o ah&#237; donde Milena perge&#241;&#243; con tanto cari&#241;o, a su vez, un mensaje de vuelta. Leer una correspondencia en la que s&#243;lo se conservan los textos de uno de los involucrados es un poco como enamorarte de alguien que nunca contesta a tus cartas de amor; inventar en tu cabeza que realmente conversas con esa persona, que le confiesas tus zozobras, que le env&#237;as peque&#241;os mensajes cifrados, mensajes secretos, que nunca podr&#225;s saber si recibe o si logra interpretar, y a los que no tienes la certeza de recibir una respuesta. No queda otra que rellenar, con tu imaginaci&#243;n, <a href="https://juliapuigsoto.substack.com/p/la-vida-que-nunca-llegamos-a-vivir">los huecos vac&#237;os que deja la realidad</a>. &#191;Qu&#233; dijo Milena Jesensk&#225; para que Franz Kafka respondiese esto, o esto otro? &#191;Qu&#233; insinu&#243; veladamente, qu&#233; afirm&#243;? &#191;Qu&#233; quiso expresar con ese "y sin embargo" al que &#233;l alude con infinita ternura en muchas de las cartas y cuyo original, sin embargo, se ha perdido para siempre? S&#243;lo queda imaginarlo. Leer ese volumen que cojea de una pata, cargado de afecto y delicadeza pero desprovisto siempre de r&#233;plica, se parece a escuchar mi propio mon&#243;logo interno, a leer mi diario &#237;ntimo, mis propias cartas carentes de interlocutor para las que a veces, como en un sue&#241;o, creo imaginar una respuesta. La lectura de la correspondencia completa ser&#237;a, aunque sin duda m&#225;s esclarecedora, una experiencia diferente; se perder&#237;a ese componente m&#225;gico y sugerente, esa duda acuciante: &#191;dir&#237;a ella realmente, en su carta extraviada, lo que yo quiero imaginar que ha dicho? &#191;Ser&#225; posible, entonces, vivir as&#237;: imaginando que se recibe una respuesta, so&#241;ando con que esa respuesta contiene todo lo que desear&#237;amos escuchar?&nbsp;</p><p>Tal vez no. Las cartas no fueron suficiente para Franz y Milena. En noviembre de 1920, hall&#225;ndose ya, quiz&#225;s, al borde de lo que se alcanza a expresar con palabras, o encerrado en el laberinto de lo dicho y lo que quedaba por decir, de lo que quer&#237;a y al mismo tiempo era incapaz de hacer, Franz se despidi&#243; de Milena con una &#250;ltima carta &#8211;enviar&#237;a despu&#233;s otra, que no se conserva, pidiendo que no volviese a escribirle&#8211; en la que se preguntaba <em>&#191;a d&#243;nde nos va a llevar esto? (...) Guardar silencio, &#233;sa es la &#250;nica manera de vivir. </em>Quiz&#225;s el silencio fue la forma que encontr&#243; para tratar de salvarse de lo que, en realidad, ya hab&#237;a ocurrido. A&#241;os despu&#233;s retomar&#237;an superficialmente el contacto, pero Kafka atribu&#237;a toda la desdicha de su vida a las cartas, o a la posibilidad de escribirlas. Dec&#237;a: <em>es, en efecto, una relaci&#243;n con espectros, y no s&#243;lo con el espectro del destinatario, sino tambi&#233;n con el propio espectro, que se le va formando a uno, sin darse cuenta, en la carta que escribe (...) Se puede pensar en una persona lejana, y se puede tocar a una persona cercana, todo lo dem&#225;s supera las fuerzas humanas.&nbsp;</em></p><p>Yo a&#250;n no he perdido la fe en las palabras; no existe el amor, no puede existir, si no es a trav&#233;s de ellas. Las palabras son el material con el que se construye el mundo, y tambi&#233;n con el que uno se erige a s&#237; mismo; son el puente que tendemos entre nosotros mismos y los dem&#225;s y, sin ellas, nada es posible: ni la ternura, ni la amistad, ni la devoci&#243;n, ni el encuentro. Nada. Quiz&#225;s a veces no es sencillo armar un discurso; no se encuentra el valor, las palabras se le escurren a uno, o tal vez el otro no logra interesarnos con la promesa precaria que nos ofrece, con su conversaci&#243;n propuesta. Cuando no hay nada que decir, cuando no se encuentran palabras, s&#243;lo queda, ya lo dijo Kafka, guardar silencio. Pero recuerdo que, de ni&#241;a, alguien me dijo que desde la Tierra se retransmit&#237;a constantemente un mensaje, un saludo afable y bondadoso que nunca cesaba, por si exist&#237;a en alg&#250;n lugar del universo alguien que pudiera entenderlo, como quien contin&#250;a lanzando botellas al mar <a href="https://juliapuigsoto.substack.com/p/la-isla-y-el-tesoro">desde su isla desierta</a>, una tras otra, sin desfallecer ante el silencio al otro lado. Nunca supe si era cierto, pero tal vez funciona as&#237;: uno comienza a emitir su propio mensaje secreto, inmerso en la b&#250;squeda infatigable de di&#225;logos a la que lo condena la ausencia de interlocutor, y despu&#233;s se sienta a esperar. Mientras tanto, vive: habla por tel&#233;fono, pasea a su perro, recorre el supermercado, coge el metro todos los d&#237;as a la misma hora. Y el mensaje contin&#250;a retransmiti&#233;ndose, perseverante en la oscuridad, a disposici&#243;n siempre de aquel al que va dirigido, y lo har&#225; hasta que llegue el &#250;ltimo d&#237;a del mundo, porque sin palabras no hay refugio en la ventisca, sin palabras estamos mortalmente solos; y mientras uno viva vivir&#225; con &#233;l, intacta, la esperanza de recibir una respuesta.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!JXgl!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff637e2df-2337-411c-ba35-ab2ef8db3c8e_3024x4032.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" 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class="image-link-expand"><div class="pencraft pc-display-flex pc-gap-8 pc-reset"><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container restack-image"><svg role="img" width="20" height="20" viewBox="0 0 20 20" fill="none" stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" 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url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!APrE!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F9e547b3e-185c-47af-ab24-b73ff2062b25_3024x4032.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<blockquote><p><em>Do not say the moment was imagined</em></p><p><em>Do not stoop to strategies like this.</em></p><p>Leonard Cohen</p></blockquote><p></p><p><em>We tell ourselves stories in order to live</em>, lo dijo Joan Didion. No hay otra verdad como esta. Vivir tal vez sea s&#243;lo eso, contarse historias: tomar un suceso sencillo, cualquier acontecimiento que atravesamos &#8211;una mirada de reojo, una conversaci&#243;n inocente, una frase cr&#237;ptica susurrada al o&#237;do&#8211; y armar con todo ello un relato que abarque mucho m&#225;s que la suma de sus partes, que se sostenga por s&#237; mismo sin ayuda, que no requiera de la realidad para adquirir forma propia. Vivir: darle forma a un p&#225;jaro de papel que no necesite alas de carne y pluma para echar a volar por s&#237; mismo. No existe una verdad &#250;nica, da igual qu&#233; ocurri&#243; realmente; importa s&#243;lo el comentario que le agregamos, s&#243;lo el relato que hilvanamos con tes&#243;n, paciencia e imaginaci&#243;n, la historia que cre&#237;mos ver desplegarse ante nuestros ojos como una s&#225;bana tendida al sol se hincha bajo la caricia del aire y adopta formas casi reconocibles. S&#243;lo as&#237; se vive, as&#237; se logra vivir: narr&#225;ndose uno mismo la propia vida, erigiendo con palabras un castillo de naipes que comprende no s&#243;lo lo que hemos experimentado sino tambi&#233;n la interpretaci&#243;n que hemos extra&#237;do de todo ello, el sentido que le hemos encontrado, c&#243;mo hemos moldeado aquello que nos ha sucedido. Vivir: no preguntarse nunca qu&#233; est&#225; ocurriendo en realidad; desechar cualquier cuestionamiento de veracidad, e inventar un relato a la medida de la propia esperanza.&nbsp;</p><p>Quiz&#225;s no todo pueda explicarse con palabras, pero todo puede ser reflexionado, desmenuzado, desarmado y vuelto a armar de otro modo, como un puzzle capaz de mostrar diferentes im&#225;genes seg&#250;n el orden en que se decida colocar sus piezas. La manera que encontremos de hacerlo, las palabras precisas que escojamos para dar forma a nuestro relato, nuestra forma particular&#237;sima de mecer la esperanza, es lo que define qui&#233;nes somos. Vivir: inventar algo en que creer. Todos necesitamos aferrarnos a una historia. Vivir se parece a escribir porque, aunque nadie puede negar que existimos aqu&#237; y ahora y que somos reales &#8211;nuestro coraz&#243;n late y nuestros pulmones se expanden y contraen como prueba ineludible&#8211;, tambi&#233;n somos, en cierta manera, nuestros propios peque&#241;os personajes de ficci&#243;n; nos escribimos como y donde nos apetece y nuestra vida se vuelve un relato &#233;pico de batallas, h&#233;roes y conquistas cuando, al cerrar los ojos antes de dormir, la mente comienza a repasar el d&#237;a y recordar e imaginar se vuelven una misma cosa.&nbsp;</p><p>A veces tengo la sensaci&#243;n, algo desconcertante, de no ser del todo yo; de ser lo que yo, sentada junto a mi cuaderno, escribir&#237;a de m&#237;. Cuando era ni&#241;a, en mi cabeza habitaba una voz incontenible que, como un narrador literario en tercera persona, relataba todas mis acciones cotidianas &#8211;<em>se lav&#243; los dientes y se sec&#243; la cara con la toalla, antes de dirigirse a la cocina a cenar con su familia</em>&#8211;. No habl&#233; con nadie de ello; tem&#237;a estar volvi&#233;ndome loca, leer demasiados libros, ir camino de convertirme en una suerte de peque&#241;a Quijote de ocho a&#241;os. Ahora entiendo que todo es m&#225;s interesante contado que vivido y, en ocasiones, para volver al presente cuando mi mente se evade, recurro a ese viejo placer silencioso de describirme lo que hago, lo que veo, como si mi vida, en todo su amplio abanico de embates y repliegues, tambi&#233;n fuera digna de estar escribi&#233;ndose a cada instante.&nbsp;</p><p>Vivir: tejer una red de historias que sostenga nuestra conciencia. Somos seres narrantes, desde el principio de los tiempos; desde que los griegos y los romanos explicaban el mundo con sus mitos de dioses y hombres, desde que los juglares recorr&#237;an los pueblos repitiendo como una letan&#237;a cuentos y canciones, hemos existido porque nos cont&#225;bamos nuestra vida y la de los dem&#225;s. Moldeamos la realidad a nuestro antojo y las palabras que elegimos utilizar determinan qui&#233;nes somos. Lo explica muy bien Siri Hustvedt cuando dice que <em>ninguno de nosotros podr&#225; desatar jam&#225;s el nudo de las ficciones que conforman ese algo inestable que denominamos el Yo.</em> Cada relato construido en nuestro interior empuja unos mil&#237;metros el mundo, lo acerca a ese otro mundo, paralelo e impalpable, que preferir&#237;amos habitar. Narrarse es, adem&#225;s, edificar una torre a la que nos encaramamos para contemplar la vida: cada peque&#241;a historia, cada naipe que elegimos colocar sobre nuestro castillo, decreta d&#243;nde colocaremos el siguiente; interpretamos el presente &#8211;e imaginamos el futuro&#8211; en base a la manera que tuvimos de narrarnos el pasado. No somos sino esa colecci&#243;n de ficciones que nos acompa&#241;a y cimenta nuestra vida; existimos prisioneros del cuento que elegimos contar, igual que un canario lo hace dentro de su jaula. Quiz&#225;s por eso los ni&#241;os, a veces, tropiezan a la hora de entender el mundo: porque carecen de historia previa sobre la que sustentar lo que ven; les faltan referentes, un hilo narrativo propio en el que ir entretejiendo su presente.&nbsp;</p><p>Vivir: elegir un sue&#241;o y llevarlo a la pr&#225;ctica hasta las &#250;ltimas consecuencias. Narrarse la propia vida es instalarse en una verdad hecha a medida, una verdad &#237;ntima y personal que tal vez no concuerde con la que ocupan los que nos rodean. &#191;Significa eso que vivimos, en cierta medida, en una mentira? &#191;Habitamos cada uno un relato que no dialoga con los relatos independientes que han construido los dem&#225;s? En su &#250;ltimo libro, <em>Baumgartner,</em> Paul Auster utiliza la analog&#237;a aristot&#233;lica del alma como capitana de una nave que es el cuerpo para presentar su propia met&#225;fora modernizada, reinterpretada sobre autom&#243;viles actuales: <em>extra&#241;as im&#225;genes, millones y millones de cuerpo-almas conduciendo sus respectivos coches por inmensas carreteras y autopistas interconectadas, cada hombre y mujer al volante, una m&#243;nada de tama&#241;o humano encerrada dentro del caparaz&#243;n met&#225;lico de un coche semejante a un insecto, cada persona de la multitudinaria horda sola en medio del tr&#225;fico incesante y con frecuencia peligroso, mientras el cuerpo detr&#225;s del volante, que tambi&#233;n es mente, alma o intelecto, es el encargado de tomar centenares de peque&#241;as y grandes decisiones para pilotar el coche sano y salvo hasta su destino.&nbsp;</em></p><p>Cuando lo le&#237; me cautiv&#243; esa imagen de la vida como una inmensa carretera en la que cada uno de nosotros est&#225; aislado del resto en su propio veh&#237;culo, todos juntos e interconectados, circulando unos al lado de los otros, pero a la vez incomunicados, recluidos en la soledad del propio autom&#243;vil en el que s&#243;lo viaja uno mismo. &#191;Y si esa burbuja protectora que nos a&#237;sla fuera nuestro propio relato, la versi&#243;n semi ficticia del mundo que constantemente nos repetimos a nosotros mismos, y que tal vez entra en conflicto con la historia personal que se cuentan los dem&#225;s? A veces me pregunto c&#243;mo es mi vida en el recuerdo del resto, de qu&#233; forma han colocado otras personas nuestras vivencias comunes en su propio castillo de naipes. Existen infinidad de versiones del mismo cuento, tantas como narradores lo relaten. Posiblemente en alguna la villana sea yo. En otras, tal vez incluso ni aparezco; quiz&#225;s ese gesto nimio y diminuto, casi intrascendente, en el que yo quise leer complicidad y esperanza, al que dediqu&#233; cap&#237;tulos completos de mi propia historia, pas&#243; desapercibido para la otra persona, aislada en la soledad de su autom&#243;vil, que no registr&#243; como yo esos gui&#241;os y presagios compartidos. Toda recapitulaci&#243;n de lo vivido nos remite a un estado ficcional de las cosas. No hay manera certera de estar seguro de que la historia que nos contamos se corresponde con la realidad. Pero tampoco existe &#8211;o yo, al menos, no he encontrado&#8211; otra forma de avanzar por esta carretera sinuosa y ondulante. Esa vida narrada, desfigurada, exagerada, reinterpretada y diseccionada hasta el hueso sigue siendo nuestra vida, la &#250;nica que tenemos. Y s&#243;lo as&#237;, inventando incansablemente historia tras historia, seguiremos, como Sherezade, con vida una noche m&#225;s.&nbsp;</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!APrE!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F9e547b3e-185c-47af-ab24-b73ff2062b25_3024x4032.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!APrE!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F9e547b3e-185c-47af-ab24-b73ff2062b25_3024x4032.jpeg 424w, 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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Su rostro perfectamente encuadrado en el punto de mira, acceso despejado, el dedo en el gatillo. Poco importa en realidad si dispara o no dispara; el hecho, objetivo y cierto, es que podr&#237;a haberlo matado. La posibilidad de hacerlo estaba ah&#237;, latente, existiendo tan s&#243;lo en el reino de la potencialidad, de lo que est&#225; a nuestro alcance aunque no nos decidamos a extender la mano y cogerlo. La historia la cuenta Javier Mar&#237;as al inicio de su novela <em>Tom&#225;s Nevinson</em>, pero ocurre en una pel&#237;cula de Fritz Lang, <em>El hombre atrapado</em>, estrenada en 1941. El hombre en el punto de mira no es otro que Adolf Hitler, que se encuentra en una villa vacacional en Berchtesgaden el 29 de julio de 1939 &#8211;poco m&#225;s de un mes antes de la invasi&#243;n de Polonia&#8211; cuando un cazador que paseaba por las inmediaciones con un rifle de precisi&#243;n descubre que lo tiene a tiro, que la idea de eliminarlo ha dejado de ser eso, una idea &#8211;un sue&#241;o, una fantas&#237;a, una entelequia&#8211; para pasar a ser una posibilidad real. Si dispara, la historia de la humanidad cambia para siempre, aunque eso quiz&#225;s &#233;l no lo sabe. Es 1939; no puede saberlo.</p><p>Dice Javier Mar&#237;as cuando narra esta historia que <em>&#8216;&#8217;abatir la pieza es una mera certeza matem&#225;tica una vez que se la tiene al alcance y bien enfocada con el visor.&#8217;</em>&#8217; Quiz&#225;s eso signifique que no importa si finalmente el cazador dispara o no lo hace; el hecho es que se encuentra en un cruce de caminos, en una coyuntura inc&#243;moda en la que, por un instante, ambas opciones son ciertas al mismo tiempo. La posibilidad que finalmente no se materializa ha estado cerca, muy cerca, de volverse real &#8211;a la distancia aproximada del par de cent&#237;metros de recorrido del gatillo&#8211;. Durante ese segundo ha sido pr&#225;cticamente hecho consumado, pues contaba con todos los elementos materiales que necesitaba para llegar a suceder &#8211;el cazador en la posici&#243;n exacta, Hitler situado convenientemente cerca de la ventana, un acceso limpio para la bala&#8211;; una alineaci&#243;n de planetas casi imposible de alcanzar. Todo lo que separaba la posibilidad de la realidad era una decisi&#243;n, un peque&#241;o paso de la conciencia, un click interno e inmaterial que posibilitar&#237;a su existencia.</p><p>Es innegable que la vida se construye &#250;nicamente con decisiones, una sobre la otra, apiladas como ladrillos formando un muro vigoroso tras el que cobijarnos de lo que no deseamos o al que encaramarnos para alcanzar lo que s&#237; deseamos, pero pienso mucho en ese espacio tierno y tembloroso en el que las dos caras de cada elecci&#243;n coexisten por un breve per&#237;odo de tiempo hasta que optamos por una de ellas; ese mundo paralelo en el que, mientras la moneda gira en el aire, Hitler est&#225; vivo y est&#225; muerto al mismo tiempo, como el gato de Schr&#246;dinger, porque all&#237;, en el reino inaccesible de la posibilidad, todo es cierto y nada ha ocurrido todav&#237;a. En ese limbo alejado de las leyes de la materia lo que importa no es cu&#225;l de las posibilidades tomar&#225; forma finalmente, sino la existencia de la decisi&#243;n misma. En alg&#250;n sitio le&#237; que la elecci&#243;n tomada es mucho menos trascendente que el propio hecho de optar<em>.</em> Quiz&#225;s lo verdaderamente relevante sea esa tesitura: verse frente a la grieta que se abre entre dos resultados que se oponen el uno al otro y que no volver&#225; nunca a cerrarse, porque optar por uno de los dos significa rechazar irremediablemente el otro, cerrarle la puerta a un mundo posible que se parece en todo a nuestro mundo pero en el que est&#225;s, quiz&#225;s,<strong> </strong>un poco m&#225;s cerca &#8211;o m&#225;s lejos&#8211; de ti mismo<strong>;</strong> un mundo que ya no visitar&#225;s nunca, y en el que resonar&#225; durante mucho tiempo el eco leve del portazo de tu sentencia ineludible.</p><p>Pero ese delicado espacio de coexistencia entre posibilidades dura muy poco, lo que tarda uno en constatar que las rodillas le tiemblan frente al precipicio de la oportunidad y la duda. Ese instante transcurre enseguida: en el tiempo que dura una moneda girando en el aire antes de aterrizar sobre uno de los lados, la hoja de un &#225;rbol que se posa suavemente sobre la mirilla distrae al francotirador, que pierde de vista a su presa. La oportunidad se arruga como papel de peri&#243;dico y Hitler vive para asesinar a seis millones de personas. La realidad se impone con su certeza aplastante; ahora que la moneda ha aterrizado sobre una cara concreta, nadie sabr&#225; nunca lo cerca que estuvo de hacerlo sobre la otra. Quiz&#225;s el francotirador cargar&#225; el resto de su vida con esa pregunta: <em>&#191;qu&#233; habr&#237;a sucedido si me hubiera decidido a apretar el gatillo?. </em>Pero eso ser&#225; todo. El mundo no cambia por el peso de una decisi&#243;n que no lleg&#243; a ser tomada. Tampoco se termina. El fin del mundo tal vez sea s&#243;lo eso, el fin de peque&#241;os mundos que habr&#237;an sido posibles: ser testigo de la inminencia del colapso, desear con fuerza que la moneda aterrice sobre una de las caras, tener que vivir con la certeza de que lo hizo sobre la otra y, entonces, consolarse como quien le reza a un dios en el que no cree: <em>qui&#233;n sabe, quiz&#225;s sea mejor as&#237;</em>.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!vZka!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa8a40f27-abd8-4a3e-84b9-e9ddb87c3438_3024x4032.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" 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class="image-link-expand"><div class="pencraft pc-display-flex pc-gap-8 pc-reset"><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container restack-image"><svg role="img" width="20" height="20" viewBox="0 0 20 20" fill="none" stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" 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url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!cYEh!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F5e81a11f-7f78-400a-91ef-fdbf598ee67a_3024x4032.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Dir&#237;a que el amor m&#225;s puro y m&#225;s tierno que he experimentado nunca lo sent&#237;, hace diecis&#233;is a&#241;os, por un ni&#241;o de mi colegio del que me enamor&#233; perdidamente. Era tierno porque era inocente y casi infantil, absolutamente casto, instalado en el terreno incierto de la ilusi&#243;n &#8211;mis primeros pasos tambaleantes desde la amistad hacia el <em>amor pasaporte, amor llave, amor rev&#243;lver</em>, que dec&#237;a Cort&#225;zar&#8211;; y era puro porque irradiaba &#250;nicamente de m&#237;, y s&#243;lo de m&#237; se alimentaba. &#201;l no hac&#237;a nada para sustentar ese amor, del que tal vez ni siquiera era consciente. Era s&#243;lo yo, en el silencio de mi habitaci&#243;n, encendiendo con solemnidad mi propio fuego; abrigando junto al coraz&#243;n lo que me hab&#237;a dicho, c&#243;mo me hab&#237;a mirado; cogiendo la arenilla inconsistente que &#233;l me tend&#237;a y levantando con ella una catedral.</p><p>Debo de haberle escrito m&#225;s de ciento cincuenta cartas, que por supuesto nunca ley&#243;; me recuerdo sentada frente al ordenador de mesa, a&#250;n con la faldita del uniforme, abriendo un nuevo documento de Word y poni&#233;ndome a escribir. Todas las cartas ten&#237;an fondo magenta y letra Comic Sans morada &#8211;s&#243;lo quien nunca haya sido adolescente puede juzgarme&#8211; y estaban protegidas por una contrase&#241;a que era la combinaci&#243;n de nuestros nombres. Al principio s&#243;lo le hablaba de lo que sent&#237;a por &#233;l, de lo que me gustaba llamar <em>nuestro amor</em>. Le detallaba mis sentimientos de mil maneras diferentes: enumeraba todos los planes que &#237;bamos a hacer cuando por fin &#233;l cayera en la cuenta de que era inconcebible no estar juntos, copiaba poemas y canciones que me parec&#237;a que hablaban de nosotros, y llevaba un registro minucioso de todo lo que nos hab&#237;amos dicho ese d&#237;a &#8211;y de lo que no hab&#237;amos dicho, pero yo hab&#237;a cre&#237;do interpretar en un cruce de miradas, en una sonrisa de lejos o en la frase de una canci&#243;n que &#233;l se hab&#237;a puesto de estado en el Messenger&#8211;. Cuando s&#243;lo llevaba redactadas unas veinte o veinticinco cartas a&#250;n albergaba la esperanza de que &#233;l las leer&#237;a, llegado el momento, pero muy pronto su escritura comenz&#243; a desbordarse por todas partes; ya no se trataba s&#243;lo de hablarle a &#233;l, sino que, sin advertir a&#250;n que toda b&#250;squeda de amor es en realidad una b&#250;squeda de interlocutor, empec&#233; a hablar tambi&#233;n para m&#237;. Segu&#237;an siendo cartas a su nombre, y estaban repletas de todo lo que sent&#237;a por &#233;l, pero en ellas, a la vez,<strong> </strong>le explicaba lo que se me hab&#237;a ocurrido ese d&#237;a, mis reflexiones y esperanzas, mis discusiones con mis padres, c&#243;mo me imaginaba que ser&#237;a mi vida una vez alcanzase la ansiada adultez. Las misivas se convirtieron en un puente de ida y vuelta, en soporte para un amor vuelto del rev&#233;s, un amor reversible, de dos direcciones. Cuidando de ese amor por &#233;l surg&#237;a, al mismo tiempo, un inesperado amor por m&#237;. Descubr&#237; as&#237; que el amor requiere siempre de emisor y receptor, y que si careces de manos sobre las que liberarlo, siempre puedes entreg&#225;rtelo a ti mismo de vuelta.</p><p>Despu&#233;s, con el tiempo, me fui de ese colegio y dej&#233; de verle; me deshice de ese ordenador y con &#233;l de las cartas, y crec&#237;, y no volv&#237; jam&#225;s a pensar en &#233;l. Y un d&#237;a, hace unos ocho o nueve a&#241;os, me lo cruc&#233; por la calle. Yo estaba fotografiando una boda en Valencia y, cuando caminaba en direcci&#243;n a la playa con los novios tras el c&#243;ctel, me di cuenta de que un hombre que ven&#237;a en sentido contrario con unos amigos me observaba con un destello de reconocimiento, y ca&#237; en la cuenta de que era &#233;l. Me qued&#233; congelada; camin&#225;bamos el uno hacia el otro y, durante unos instantes, no sab&#237;a si &#233;l iba a hablarme, o si yo iba a hablarle a &#233;l. Recuerdo que, de todas las cosas en las que habr&#237;a podido pensar en ese momento, pens&#233; en las cartas. Unas cartas que, en honor a la verdad, ya no exist&#237;an en ning&#250;n lugar &#8211;hab&#237;an habitado un disco duro que fue destruido&#8211;, pero cuyo contenido perduraba, flotando en el &#233;ter en alg&#250;n no-lugar, all&#225; donde sea que se acumula todo el amor que hemos recibido y hemos dado. &#191;D&#243;nde va todo ese amor no correspondido que sentimos por alguien, que vamos atesorando cuidadosamente en el centro del pecho, que arropamos y custodiamos con la esperanza de, alg&#250;n d&#237;a, bajo las circunstancias correctas, poder depositarlo en manos de la otra persona? Me niego a pensar que se esfuma, que desaparece; el amor no se ve, no ocupa espacio ni posee forma definida, pero tiene un lugar: una presencia concreta, una huella tangible, una aspereza propia.</p><p>Despu&#233;s de mirarnos fijamente durante unos diez segundos, como calibrando la situaci&#243;n, declarando silenciosamente habernos reconocido, ninguno de los dos dijo nada. Nos cruzamos un instante y eso fue todo. Recuerdo pensar: <em>te he querido tanto como para escribirte ciento cincuenta cartas</em>. Y se me cay&#243; una l&#225;grima; no por &#233;l que, al fin y al cabo, despu&#233;s del tiempo transcurrido, ya hab&#237;a perdido su capacidad de conmoverme, sino por m&#237;. Por ese amor que tuve el privilegio de sentir, no importa que &#233;l nunca llegara siquiera a saberlo; ese amor que es m&#237;o, m&#237;o, s&#243;lo m&#237;o, m&#237;o para siempre; que sigue existiendo aunque todo lo dem&#225;s se termine, aunque nunca jam&#225;s vayamos a volvernos a ver, y se quedar&#225; conmigo mientras viva. Despu&#233;s volv&#237; a la realidad, fotografi&#233; a los novios sobre la arena, y dej&#233; de pensar en &#233;l; con los a&#241;os me olvid&#233;, poco a poco, de su cara, de los trazos de su rostro, de las inflexiones de su voz, pero nunca de ese amor, de esa fuerza palpitante y devoradora que me enorgullec&#237;a tanto haber sido capaz de generar, de todas esas tardes vertiendo sobre un documento de Word todo lo que ya no pod&#237;a sostener yo sola. Ese amor que sigue vivo dentro de las cartas &#8211;<a href="https://juliapuigsoto.substack.com/p/la-metacarta">mundos de papel en los que, aunque nosotros ya no estemos, las cosas todav&#237;a son ciertas</a>&#8211;, porque lo que se ha sentido e imaginado, lo que se ha albergado calladamente en el coraz&#243;n, no puede ser nunca mentira, no puede ser nunca pasado. Y pens&#233; que sentir amor no es algo de lo que avergonzarse, algo absurdo, algo reprobable; da igual que la otra persona no quiera &#8211;o no pueda&#8211; recibirlo; da igual si se materializa o no en algo concreto, si llega a tomar forma, si desemboca en alg&#250;n lugar. El amor, con su mera existencia, mueve y sostiene el mundo; es a la vez camino y destino, partida y llegada, y, en s&#237; mismo, sin ser el preludio de nada, es valioso. Es suficiente. No importa si quien lo inspir&#243; y lo anim&#243; a crecer sale de tu vida cerrando firmemente la puerta tras de s&#237;; ese amor sigue siendo importante, contin&#250;a latiendo cobijado en tu pecho, sigue siendo testimonio incontestable de que<strong> </strong>habitaste este mundo que te estremeci&#243; y te sobrecogi&#243;, de que estuviste aqu&#237;, con los pies firmemente plantados sobre la tierra, respirando y sintiendo, dej&#225;ndote alcanzar por la<strong> </strong>vida.&nbsp;</p><p>He continuado escribiendo cartas a otros hombres, por supuesto. M&#225;s maduras y asequibles, menos temblorosas, sin fondo magenta, sin fuente Comic Sans morada. He vuelto a mecer, a solas y en silencio, sentimientos que no ten&#237;an cabida en ning&#250;n otro lugar, fuera del folio en blanco. He erigido otras catedrales, intangibles pero inapelables, que no se derrumbar&#225;n nunca, que jam&#225;s podr&#225;n ser conquistadas. Y he llegado a la conclusi&#243;n de que as&#237;, uno tras otro, se acumulan en nosotros los amores que hemos cultivado y visto crecer; no importa en qu&#233; han llegado a convertirse. Dir&#237;a que esos amores son extra&#241;amente fundacionales: con su estructura espec&#237;fica nos dan forma, nos constituyen, sostienen nuestro peso. Es in&#250;til tratar de dejarlos atr&#225;s; se yerguen triunfantes, con los chapiteles recortados contra el cielo nocturno, como testigos silentes de nuestro paso sinuoso por el mundo, y con su presencia dan prueba y se&#241;al de que supimos traspasar la zozobra y el quebranto, de que nos dejamos atravesar por el ins&#243;lito e implacable se&#237;smo que implica ser humanos. Amar es, en su forma &#250;ltima, dejar constancia del propio paso por esta tierra, y con el amor que somos capaces de generar dejaremos, al marchar, un mundo m&#225;s tierno y exquisito, m&#225;s cargado de belleza.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!cYEh!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F5e81a11f-7f78-400a-91ef-fdbf598ee67a_3024x4032.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!cYEh!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F5e81a11f-7f78-400a-91ef-fdbf598ee67a_3024x4032.jpeg 424w, 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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tiempo atr&#225;s, sobresalt&#225;ndome; cierro los ojos y estoy en una plaza de pueblo &#8211;no logro recordar de cu&#225;l&#8211; con mis padres. Soy una ni&#241;a, el sol de la tarde va agot&#225;ndose lentamente y dibuja sombras sobre el empedrado, me pica la piel por culpa de un vestido elegante que mi madre me ha obligado a llevar, hay mucha gente a mi alrededor; quiz&#225;s es un bautizo, o la comuni&#243;n de un familiar. Estos recuerdos son inm&#243;viles, como retratos al &#243;leo; una imagen completa y est&#225;tica que captur&#233; y almacen&#233; hace mucho tiempo. No recuerdo lo que pas&#243; antes o lo que iba a pasar despu&#233;s; es una foto fija, impresa en el rev&#233;s de mi memoria. S&#243;lo puedo evocar instantes, pero de una nitidez abrumadora; recuerdo lo que ve&#237;a, lo que sent&#237;a, lo que escuchaba. Es como si mi cerebro decidiera, en determinados momentos, apretar el obturador: un fogonazo de luz y ese instante queda congelado para siempre, atesorado en alg&#250;n lugar de la memoria.</p><p>Hace un par de a&#241;os, caminando por la calle, pas&#233; por una casa de la que emanaba un olor a macarrones que me recordaba mucho a los que hac&#237;an en la guarder&#237;a a la que fui durante los dos primeros a&#241;os de mi vida. De repente estaba en lo alto de un tobog&#225;n rojo, al sol; me daba miedo tirarme, no sab&#237;a si mi cuerpecito resistir&#237;a la bajada, y me preguntaba d&#243;nde estaba mi madre, por qu&#233; no estaba conmigo; qu&#233; hac&#237;a yo all&#237; en lugar de estar en mi casa. El pl&#225;stico caliente del tobog&#225;n me quemaba las manos. Fren&#233; en seco en medio de la calle y me ech&#233; a llorar all&#237; mismo. Lloraba por algo que hac&#237;a cinco minutos ni siquiera recordaba; es la violencia de la memoria, que irrumpe en nuestra conciencia sin previo aviso como el caudal desbocado de un r&#237;o, que nos reserva tanto astillas como rosas; los recuerdos son como esquirlas de espejo, de un espejo que se rompi&#243; hace muchos a&#241;os y cuyos pedazos a&#250;n son capaces de hundirse en nuestra carne y desgarrarla, abri&#233;ndose paso hacia el presente con garras insaciables desde la bruma neblinosa del pasado.</p><p>Hace un tiempo le&#237; a &#211;liver Sacks narrar un caso real que tuvo la oportunidad de tratar a lo largo de su carrera como neur&#243;logo. La paciente, una anciana que ya hab&#237;a perdido bastante capacidad auditiva, escuchaba sin cesar una m&#250;sica sin origen conocido; no proven&#237;a de la radio, ni ella la percib&#237;a a trav&#233;s de los o&#237;dos, sino que se originaba en su propio cerebro, y no se trataba de cualquier canci&#243;n: se repet&#237;an, en bucle, las canciones de su infancia en Irlanda, de la que conscientemente apenas recordaba nada. La explicaci&#243;n era sencilla, el diagn&#243;stico fue epilepsia: una suerte de ataques de alto voltaje en los l&#243;bulos temporales, el <em>sector reminiscente</em> del cerebro, causaban la alucinaci&#243;n auditiva. Otro neur&#243;logo, Wilder Penfield, estudi&#243; e identific&#243; esta clase de ataques, no s&#243;lo en pacientes que los sufr&#237;an espont&#225;neamente, sino tambi&#233;n en otros a los que se los provocaba intencionadamente con intenci&#243;n de estudiar el fen&#243;meno y aprender de &#233;l.&nbsp;</p><p>Descubri&#243; que, si se estimulan el&#233;ctricamente los puntos propensos del c&#243;rtex cerebral, tiene lugar un ataque del l&#243;bulo temporal que libera en el paciente una especie de recuerdo alucinatorio; una reminiscencia que Sacks define como una <em>evocaci&#243;n proustiana</em>. Caus&#243; ataques de epilepsia controlados a miles de pacientes y descubri&#243; que todos evocaban recuerdos inaccesibles para su conciencia. Nunca se trataba de fantas&#237;as ni de ficciones; igual que la magdalena mojada en t&#233; que describ&#237;a Proust, la estimulaci&#243;n el&#233;ctrica revelaba un recuerdo hasta entonces intransitable para quien lo hab&#237;a vivido, que hab&#237;a aguardado durante a&#241;os, almacenado en alg&#250;n rec&#243;ndito lugar del cerebro, esperando en silencio a ser descubierto, como una tumba fara&#243;nica en el desierto. Algunos, como la paciente de Sacks, escuchaban m&#250;sica de su infancia; otros, a sus padres cantando villancicos, una conversaci&#243;n con amigos, el despertar de un sue&#241;o muy v&#237;vido, el nacimiento de un beb&#233;.&nbsp;</p><p>Es f&#225;cil sacar una conclusi&#243;n de todo esto: en palabras de Sacks, el descubrimiento <em>le indic&#243; a Penfield que el cerebro manten&#237;a un registro casi perfecto de toda la experiencia vital, que la corriente total de la conciencia se preservaba en el cerebro y, por ello, pod&#237;a evocarse o provocarse siempre. </em>Esta idea me obsesiona desde entonces. &#191;Est&#225; toda mi vida, cada momento fulgurante y desolador de mi vida, almacenado en alg&#250;n lugar de mi cuerpo como un mosquito mesozoico flotando en &#225;mbar durante millones de a&#241;os? &#191;Existe una especie de cofre del tesoro dentro de m&#237;, en el que mi pasado se regocija expectante a la espera de ser encontrado? No puedo evitar imaginar que todos los instantes que he presenciado se apilan unos encima de otros como ladrillos, conformando un palacio esplendoroso pero impreciso con la forma exacta de mi vida y dentro del que resido sin ni siquiera ser consciente de ello. Es desazonador pensar que vivimos acechados por el pasado que, como un tigre, nos cerca para devorarnos; que, en cualquier momento, un recuerdo puede encontrar el sinuoso camino de vuelta a la conciencia y dejarnos sollozando en medio de la calle porque queremos estar con mam&#225;, creyendo que volvemos a tener un a&#241;o y medio.&nbsp;</p><p>Pero, &#191;cu&#225;l ser&#237;a la alternativa? Quiz&#225;s el vac&#237;o entumecido de una existencia amn&#233;sica: repentinos ap&#225;tridas sin recuerdos, ser&#237;amos v&#237;ctimas del implacable viento g&#233;lido del ahora, que nos helar&#237;a las costillas ante la ausencia de paredes a nuestro alrededor para protegernos de &#233;l. Los recuerdos, todos ellos puentes temporales entre quien somos y quien hemos sido, cobijan y resguardan; aunque a veces laceren, los recuerdos tambi&#233;n abrazan, apaciguan y consuelan. Y es su presencia a modo de hilo de Ariadna, m&#225;s que cualquier otra cosa, lo que nos permite navegar este presente inh&#243;spito &#8211;y llamarlo vivir&#8211; sin perder el rumbo ni la cordura; sabiendo que siempre, incluso ante la persistencia del olvido, habitamos en el espl&#233;ndido palacio de la memoria.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!LJx_!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7d8b6b44-38db-4830-bbfd-f0fe63a9d3ab_1080x812.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!LJx_!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7d8b6b44-38db-4830-bbfd-f0fe63a9d3ab_1080x812.jpeg 424w, 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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Son personas que nacen para habitar la tierra; vivir es para ellas un instinto indestructible, un poderoso reclamo, un canto de sirena. Abren los ojos todos los d&#237;as sosteniendo en sus manos la certeza de que pertenecen a este lugar; juegan el partido siempre en campo propio, disfrutan de esta agridulce aspereza que es estar en el mundo. Despu&#233;s estamos los dem&#225;s. Los que aparecemos un d&#237;a aqu&#237;, en un ambiente hostil, como si estuvi&#233;semos bajo el agua, sin saber muy bien c&#243;mo y por qu&#233; llegamos. Los que contemplamos la vida desde fuera, como si sucediese al otro lado de un muro de cristal que no somos capaces de traspasar. Para nosotros la vida es inaccesible, como una fiesta que tuviera lugar en la orilla opuesta del r&#237;o; somos testigos silentes de su transcurrir, y observamos algo distra&#237;damente el reflejo de las luces sobre el agua, confinados en nuestra ribera silenciosa en la que siempre es de noche, el aire huele a tierra mojada y la m&#250;sica &#8211;que se escucha desde lejos&#8211; no es realmente m&#250;sica, no es m&#250;sica propiamente dicha: es s&#243;lo su eco vac&#237;o y hueco, el rastro incorp&#243;reo de las canciones que suenan all&#237;, al otro lado, en la tierra de los que viven de d&#237;a y escuchan la m&#250;sica de primera mano.</p><p>El otro d&#237;a, releyendo Rayuela, me top&#233; con un fragmento en el que la Maga le espeta a Oliveira: <em>Vos sos como un testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros. Quiero decir que los cuadros est&#225;n ah&#237; y vos en el museo, cerca y lejos al mismo tiempo. Yo soy un cuadro. (...). Vos crees que est&#225;s en esta pieza pero no est&#225;s. Vos est&#225;s mirando la pieza, no est&#225;s en la pieza. </em>Y pens&#233; que esta definici&#243;n tan simple, tan carente de escollos, podr&#237;a ser tal vez un reflejo de la manera que tengo de estar en el mundo, que no consiste en otra cosa que en existir mirando la vida, pero sin estar en la vida. La observo desde el interior de una jaula de cristal, con &#225;nimo vacilante y pulso inestable; la contemplo como contemplar&#237;a a un animal salvaje: conteniendo el aliento, con una mezcla extra&#241;a de fascinaci&#243;n y un pavor inexplicable. A mi alrededor la gente amanece a diario con un hambre incontenible de vivir; yo, desde la otra orilla, los observo hacerlo, en silencio y con mirada reverencial, como quien mira los cuadros. Cerca y lejos al mismo tiempo.</p><p>En el a&#241;o 1515 un pintor alem&#225;n, Alberto Durero, hizo un grabado representando a un rinoceronte indio al que nunca hab&#237;a visto. En aquella &#233;poca, en Europa apenas hab&#237;a rinocerontes, y Durero &#8211;que jam&#225;s hab&#237;a estado frente a uno&#8211;&nbsp; se bas&#243; en el testimonio de otra persona para realizar el grabado: pint&#243; al animal de o&#237;das, imagin&#225;ndose c&#243;mo ser&#237;a esa criatura extranjera que a &#233;l le resultaba completamente ajena. Quien observa la representaci&#243;n anat&#243;mica de su rinoceronte queda fascinado; su semejanza con un rinoceronte real es asombrosa. Sin embargo, si se contempla con atenci&#243;n, se descubre enseguida que hay algo que no encaja: el pintor se equivoc&#243; en algunos detalles, cometi&#243; ligeras inexactitudes dif&#237;ciles de apreciar. Se parece un poco a la vida que vivimos cuando estamos dormidos, al mundo de los sue&#241;os: todo lo que nos rodea parece real, tiene las medidas y la estructura de la realidad; sin embargo, su consistencia es diferente, su orograf&#237;a carece de textura; hay algo impalpable en el aire que lo delata. El rinoceronte de Durero no es un rinoceronte real; es la idea que tiene de un rinoceronte alguien que jam&#225;s ha visto uno. Lo mismo me ocurre a m&#237;, creo, con la vida, esa mancuspia inexistente, ese animal mitol&#243;gico en el que he cre&#237;do toda mi vida sin haberlo visto jam&#225;s. La confundo con la idea que tengo de ella, con lo que cre&#237; que ser&#237;a, con lo que a&#250;n sue&#241;o que ser&#225;; la moldeo, la invento y la imagino, sin llegar a alcanzarla nunca.</p><p>Existe un suced&#225;neo de la vida, sin embargo: la escritura, refugio de esperanzas, universo de palabras en el que nunca se pone el sol y la vida se convierte en lo que nosotros queramos que sea; ese lugar en el que uno puede darle forma a su existencia &#8211;la forma que a cada quien se le antoje&#8211;, doblarle las esquinas cuidadosamente como a un pedazo de papel de peri&#243;dico, crear una pajarita o un avi&#243;n o un sapo o un cohete que despu&#233;s, jugando como un ni&#241;o, pueda hacer volar por la ventana. Ten&#237;a raz&#243;n John Banville: <em>Los escritores podemos escribir con gran sabidur&#237;a acerca de la vida, pero no estamos bien hechos para vivirla. Somos como beb&#233;s enormes, sentados en nuestras habitaciones, jugando a nuestros juegos, mientras el gran mundo acontece en otra parte</em>. Puede que los que escribimos sobre la vida no sepamos vivirla; nos limitamos a inventarla, a narrar lo que otros nos narraron a nosotros, y nuestro relato se asemeja al rinoceronte de Durero: no es real, pero es lo m&#225;s real que somos capaces de ensamblar con nuestra manera particular de estar en el mundo. Pienso que muchas veces quien escribe lo hace para contar de nuevo la vida, pero esta vez bajo sus t&#233;rminos; para tener un lugar al que acudir en el que no tiene cabida la zozobra de existir, en el que todo lo que anhela es cierto, en el que s&#243;lo &#233;l dicta las reglas. Escribir es construir un refugio contra casi todo; leer es cobijarse en el refugio que otros construyeron para ti. Dec&#237;a Ray Bradbury que <em>hay que inyectarse cada d&#237;a fantas&#237;a para no morir de realidad</em>. Yo defiendo que la ficci&#243;n, le&#237;da y escrita, es la &#250;nica manera de que nosotros &#8211;los inadaptados, los de la otra orilla, los que nacimos bajo el agua&#8211; podamos existir en la tierra.&nbsp;</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!oOBF!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8242fa9b-7c71-494a-8a66-3e24bc4d740d_2736x3648.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!oOBF!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8242fa9b-7c71-494a-8a66-3e24bc4d740d_2736x3648.jpeg 424w, 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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Es imposible: los sentimientos desbordan, no hay c&#243;mo contenerlos; necesitan desesperadamente del papel, receptor silencioso. Pero hay dos clases de cartas: las que se escriben con la intenci&#243;n de que el otro las reciba, y las que se escriben para no ser le&#237;das jam&#225;s. Estas &#250;ltimas son una suerte de diario impreciso, escrito en segunda persona pero sentido en primera; son confesiones incorp&#243;reas, pronunciadas en silencio ante el fantasma de alguien que las inspir&#243; con sus actos pero que en realidad no est&#225; presente para escucharlas. Una carta, cualquier carta, es un abrazo que no est&#225; lleno sino de palabras; es un regalo hecho de tiempo, que tal vez sea lo m&#225;s valioso que poseemos. En ella, adem&#225;s del mensaje evidente, se esconde uno m&#225;s peque&#241;o, pero incontenible: l<em>o que siento por ti me importa tanto como para ponerlo por escrito</em>. No todas las cartas son confidencias rom&#225;nticas &#8211;mis hijos son, sin duda, las personas a las que m&#225;s cartas dirijo&#8211; pero todas las cartas son cartas de amor, porque es el amor el que nos empuja al acto desesperado y temerario de poner en palabras &#8211;y palabras escritas, que pueden volver m&#225;s adelante para perseguirnos&#8211; eso que, a veces, ni siquiera somos capaces de decir en voz alta.</p><p>La escritura de cartas, sin embargo, es un arte humilde que se est&#225; perdiendo irremediablemente. Es f&#225;cil deducir por qu&#233;: la conveniencia del WhatsApp siempre al alcance de la mano, las notas de voz apresuradas, la falsa cercan&#237;a de las redes sociales. Es m&#225;s f&#225;cil enviar un mensaje o un audio r&#225;pido que encontrar un momento de sosiego para sentarte en silencio, ordenarte y poner en palabras lo que quieres decir. Hay cosas que no pueden expresarse de otra manera &#8212;o no deben; &#161;qu&#233; desperdicio!&#8212; que no sea en una carta escrita con mimo y cuidado: midiendo las palabras, sopes&#225;ndolas en la boca, pronunci&#225;ndolas en voz alta para comprobar su sonoridad, imaginando la cara del receptor cuando las lea una, dos, tres veces.&nbsp; Porque una carta escrita con cari&#241;o merece ser le&#237;da con cari&#241;o; nada de deslizar los ojos por las l&#237;neas mientras caminas por la calle, cargado de bolsas, o de repasar su contenido en horizontal, de pie en el metro &#8211;con su ruido abrumador del que es dif&#237;cil abstraerse&#8211; antes de decidir que ya lo terminar&#225;s de leer m&#225;s tarde. Una carta ha de leerse sentado; es un instante de obligada quietud, con un caf&#233; o un t&#233;, y un ratito por delante para poder volver sobre ella las veces que haga falta, para poder entender realmente lo que el autor ha escrito &#8211;y tambi&#233;n lo que no ha escrito, pero quiere que sepamos; es todo un arte redactar una carta, cifrando en los huecos entre las palabras peque&#241;os mensajes secretos, asegur&#225;ndonos de que el receptor entienda eso que queremos decir, pero no decimos&#8211;. Dec&#237;a Debussy que la m&#250;sica no est&#225; en las notas, sino entre las notas; a veces, en las frases y construcciones que alguien elige emplear no est&#225; todo lo que siente. Lo dicho y lo no dicho establecen un baile infinito; los silencios, tan importantes como las palabras, forman parte tambi&#233;n del mensaje, que se construye con las omisiones flagrantes tanto como con las confesiones indeclinables.</p><p>Creo que se puede medir cu&#225;nto quieres a alguien analizando c&#243;mo lees las cosas que escribe. Si lo repasas distra&#237;damente mientras haces otra cosa o si, por el contrario, lo reservas con ilusi&#243;n para un momento tranquilo en el que degustarlo con calma, como un buen vino. Claro que, en este mundo fren&#233;tico que habitamos en el que ya nadie escribe cartas, quiz&#225;s esta teor&#237;a pierda fuerza; no tiene sentido prepararse un caf&#233; para leer un WhatsApp de tres l&#237;neas. Quiz&#225;s el equivalente en el mundo moderno sean las notas de voz. &#191;De qui&#233;n son los audios que nunca escuchas en 2x, los que vuelves a reproducir desde el principio si te has perdido alguna palabra?&nbsp;</p><p>Pero los audios, ef&#237;meros e intangibles, nunca podr&#225;n sustituir la calidez palpitante de la palabra escrita. Me acuerdo mucho de Annie Ernaux y el albornoz de su amante; en <em>Pura Pasi&#243;n</em> &#8211;historia real del idilio de Annie con un hombre del este de Europa, m&#225;s joven que ella, y diario doliente y desgarrador del secuestro inevitable de la conciencia al que nos somete siempre el amor&#8211; la novelista, que narra los hechos ya desde el futuro, ya desde el momento inevitable en el que el romance ha finalizado, defiende que, aunque releer lo que ha escrito le produce un dolor feroz, similar al que experimenta cuando ve el albornoz que &#233;l sol&#237;a utilizar en su casa, esas p&#225;ginas siempre tendr&#225;n sentido para ella, y tal vez para otros, mientras que el albornoz alg&#250;n d&#237;a no significar&#225; ya nada, y se deshar&#225; de &#233;l sin miramientos, meti&#233;ndolo en una caja de ropa vieja. Si un pu&#241;ado de palabras puede, en alg&#250;n momento, cobrar m&#225;s significado y volverse m&#225;s tangible y menos et&#233;reo que un objeto concreto y palpable, son esas que nos borbotean dentro hasta que las vertemos en una carta; esas que se niegan a ser silenciadas o decapitadas, a ser ocultadas en un caj&#243;n, puestas a la espera de que llegue un momento mejor o de que encontremos el valor para liberarlas; esas que han nacido para causar zozobra y estr&#233;pito, para dividir nuestra vida en dos mitades, la que exist&#237;a antes de que fueran escritas, y la que comenz&#243; despu&#233;s.&nbsp;</p><p>Las cartas son luminosas porque perduran para siempre; son como monumentos tallados en piedra erigidos en honor a lo que una vez sentimos, a lo que una vez nos import&#243; tanto como para dedicar tiempo, ternura y entusiasmo a la insondable tarea de ponerlo por escrito, aunque llegue un momento en el que ya no lo haga m&#225;s. Hay algo desgarrador en leer cartas que hablan de sentimientos que ya no existen, que ya se han evaporado, pero tambi&#233;n es bonito que nuestros afectos vayan dejando huella material en el mundo; nuestras cartas no dejan de ser un testimonio ensordecedor de que estuvimos aqu&#237;, de que existimos, de que quisimos a alguien lo suficiente como para inventarle un mundo de papel en el que, aunque nosotros ya no estemos, las cosas todav&#237;a son ciertas, los p&#225;jaros no dejan nunca de cantar y el amor que les tuvimos sigue brillando, resplandeciente, como el sol en el cielo.</p><div><hr></div><p><em>En este archivo de audio puedes encontrar La metacarta narrado por m&#237;, por si prefieres escuchar a leer.</em></p><div class="native-audio-embed" data-component-name="AudioPlaceholder" 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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escuchar a leer.</em></p><div><hr></div><p>Siempre he defendido mi derecho a ser una isla. Me atrinchero dentro de m&#237; misma como en una fortaleza inexpugnable: quiero existir como un fen&#243;meno aislado, al otro lado de una puerta cerrada que deje fuera todo lo que pretenda colonizarme. Pero como un barco que hace aguas siempre naufrago en el encuentro, claudico ante la esperanza de ser, al fin, cartografiada. Toda mi vida he cre&#237;do que eso que ansiaba con tanta desesperaci&#243;n era el amor y es s&#243;lo ahora que el amor ya ha demostrado ser insuficiente por s&#237; mismo que descubro que lo que persegu&#237;a era m&#225;s impalpable e impreciso: ser comprendida.&nbsp;</p><p>Desde ni&#241;os nos hablan de la falta de otro ser que nos complete, que rellene los huecos por los que nosotros nos dejamos caer, y as&#237; a ese vac&#237;o con el que nos encontramos una noche al cerrar los ojos lo llamamos soledad, y a ese algo que anhelamos implacablemente lo llamamos amor, y nos convencemos de que es eso lo que le pedimos al otro &#8211;que nos quiera&#8211; cuando realmente estamos suplicando algo mucho m&#225;s complejo: que nos entienda. Que al mirarnos nos vea; que sepa interpretar nuestra consternaci&#243;n y nuestras esperanzas, que pueda trazar la carta geogr&#225;fica de nuestros empe&#241;os secretos, que logre asimilar nuestro dolor intraducible, que se sienta capaz de ponerle palabras a aquello que nosotros no sabr&#237;amos explicar a nadie.&nbsp;</p><p>Cada persona es un universo inexplorado, un libro de mil p&#225;ginas, un cuadro inimitable, un terremoto sin r&#233;plica; y quiz&#225;s el verdadero amor no consiste en querer a ciegas las inmensidades del otro sino en molestarse en descifrarlas, en buscarles el sentido, en terminar el puzzle descubriendo la imagen que esconde. Un dios no tan magn&#225;nimo como se pensar&#237;a nos ha obligado a hablar idiomas diferentes y el amor, si es que esta palabra puede seguir significando alguna cosa, reside en el esfuerzo que hacemos por aprender el idioma del otro; es ese entendimiento sin palabras, ese rayo que ilumina, esa certeza inexpresada, ese estremecimiento compartido que no requiere explicaciones. Todo est&#225; en estos versos de Idea Vilari&#241;o: <em>nunca sabr&#225;s qui&#233;n fui / por qu&#233; me amaron otros. </em>Recogen el verdadero dolor que lacera, y que no radica en que el otro no nos quiera, en que no encuentre en su coraz&#243;n nada que darnos, sino en que no se moleste en intentar comprender qu&#233; somos, c&#243;mo brilla debajo de tantas capas la luz que llevamos dentro.&nbsp;</p><p>Buscar amor no es otra cosa que buscar ser comprendidos, que nuestra profundidad sea sostenida, explorada con coraje, apreciada en lo que vale; buscar amor es, a fin de cuentas, buscar la oportunidad de desnudar la m&#225;scara, de dejar ir lo que nos niega. El verdadero drama existe en el desencuentro de un tel&#233;fono que suena y suena sin que haya nadie con valor y con ganas de responder al otro lado. Tal vez no existe entendimiento posible entre dos personas, y la &#250;nica forma de comunicaci&#243;n que seremos capaces de alcanzar ser&#225; tan burda e inexacta como si estuviera uno lanzando piedritas a la ventana del otro, pero no intentarlo ser&#237;a una insensatez. Nos pasamos la vida tratando de sentir que existe un otro que comparte lo que padecemos; nos buscamos a nosotros mismos en los versos de los poetas, que se responden unos a otros, y lo &#250;nico que le pedimos a un poema es que logre poner en palabras lo que nosotros ya hemos sentido antes en nuestro coraz&#243;n para tender con esa certidumbre un puente incorp&#243;reo, para evocar una suerte de avenencia, para sentir que en esto tampoco hemos sido los &#250;nicos, que en esto tampoco estamos solos.&nbsp;</p><p>Es bien sabido que toda isla alberga un tesoro, que s&#243;lo encuentra quien se familiariza con su orograf&#237;a; quien tiene el valor de recorrerla de costa a costa, tierna y pacientemente, interpretando el mapa; quien confraterniza con las palmeras, el firmamento, los acantilados. De nada sirve la conquista: izar la propia bandera en sus playas, darle un nombre, cantarle un himno con la mano en el coraz&#243;n y alegando un insustancial amor por su patria. S&#243;lo la comprensi&#243;n y el indefectible conocimiento de la isla conducen al tesoro. Si tengo que elegir, prefiero una y mil veces que me entiendan antes de que me quieran, aunque existe en todo esto una certeza ineludible: quien logre comprenderte inevitablemente te querr&#225;, porque siempre hacemos nuestros los territorios recorridos una y otra vez; y quien no te entienda no podr&#225; nunca abarcarte, porque no se puede amar lo que no se ha conocido.</p><div><hr></div><p><em>En este archivo de audio puedes encontrar La isla y el tesoro narrado por m&#237;, por si prefieres escuchar a leer.</em></p><div class="native-audio-embed" data-component-name="AudioPlaceholder" data-attrs="{&quot;label&quot;:null,&quot;mediaUploadId&quot;:&quot;b87f921d-f826-4cdc-aa58-90a8f117a4e5&quot;,&quot;duration&quot;:0.003046972,&quot;downloadable&quot;:false,&quot;isEditorNode&quot;:true}"></div><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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en <em>La escala de los mapas</em> que el hombre nunca o casi nunca vive donde est&#225; viviendo, y es cierto. A todos nos ocurre habitualmente: la cabeza rara vez se encuentra donde est&#225;n los pies, vive perdida en mirar hacia detr&#225;s o hacia delante &#8211;en recordar el pasado o en planear el futuro&#8211;, y tambi&#233;n, a veces, en mirar hacia los lados; en deleitarse en imaginar todo aquello que podr&#237;a suceder, pero no sucede.&nbsp;</p><p>La vida concreta, tangible y factible, la vida que se somete d&#243;cilmente a los dict&#225;menes de la realidad, la vida que <em>de facto</em> nos ocurre todos los d&#237;as, no es la &#250;nica vida posible: existe una dimensi&#243;n secreta de las cosas, una infinidad de instantes deshilvanados que nunca llegan a tomar forma y que s&#243;lo despegan cuando cerramos los ojos. Se trata de la vida que so&#241;amos y que no llegamos jam&#225;s a vivir, pero que nos sobreviene de todos modos; de alguna manera, en alg&#250;n lugar, perdida en el limbo entre lo real y lo imaginario. Piglia afirm&#243; que lo que podemos imaginar siempre existe; yo defiendo que aquello que s&#243;lo llega a suceder en nuestra mente tambi&#233;n forma parte de nuestra vida, que cada uno de nosotros conducimos dos existencias paralelas: la de lo que nos ocurre y la de lo que desear&#237;amos que nos ocurriera.&nbsp;</p><p>Los sue&#241;os son el material del que est&#225;n hechos los hombres, el esqueleto invisible que sostiene la piel en su sitio, los huesos sin quebrarse; la fuerza que nos impulsa a mantener la vertical inamovible, a afrontar el trabajo sin fin de sostenerse. <a href="https://juliapuigsoto.substack.com/p/tiene-que-haber-algo-mas">&#161;Tiene la vida tan dif&#237;cil aprender a parecerse a aquello que so&#241;amos que ser&#237;a!</a> Y, sin embargo, con un movimiento tan sencillo como es el de cerrar los ojos podemos retornar a esa otra vida secreta en la que todo es posible. Con la imaginaci&#243;n coloreamos el dibujo en blanco y negro de la realidad, desdibujamos los l&#237;mites entre lo que es cierto y lo que no lo ser&#225; jam&#225;s. So&#241;ar despiertos con esa existencia paralela es completar los huecos vac&#237;os que deja la realidad: en la vida que nos ocurre somos &#250;nicamente lo que podemos o sabemos ser, pero en la vida que desear&#237;amos que nos ocurriera no hay l&#237;mites y la fantas&#237;a, como un trampol&#237;n, nos impulsa para que podamos llegar a ser, aunque sea s&#243;lo entre los confines de nuestro mundo de ensue&#241;o, lo que realmente queremos ser.</p><p>Quiz&#225;s haya quien argumente que poner tanto impulso y entusiasmo en las cosas que no nos suceden nos arranca irremediablemente de la vida que estamos obligados a habitar, que es esa que se pone en marcha cada ma&#241;ana cuando suena el despertador, la vida en la que ponemos lavadoras y cogemos trenes y derramamos la leche; pero los so&#241;adores sabemos que es en la otra, en la vida escondida que comienza cuando cerramos los ojos, en la que realmente se decide el final de la partida. A menudo las grandes decisiones, las que determinan el rumbo de nuestra existencia, se toman en los sue&#241;os antes de existir en la dimensi&#243;n tangible, en el reino de los ojos abiertos.</p><p>Debemos conquistar nuestro derecho irrenunciable a dotar de otro final a las historias, de imaginar una vida en la que nos ocurri&#243; exactamente aquello que anhel&#225;bamos. Es cierto que as&#237;, a veces, el coraz&#243;n se rebela contra lo que no ha vivido y nos reprocha esos latidos que malgast&#243; fantaseando; es una tristeza incontestable la que nos asola al caer en la cuenta, al despertar, de que no es cierto eso que hemos so&#241;ado. Pero si viendo una pel&#237;cula somos conscientes de que todo es una farsa, de que los que se besan apasionadamente son dos desconocidos, de que a cada uno le espera, cuando vuelve a casa, la pareja que s&#237; ha escogido, y aun as&#237; el cerebro se concede el permiso de creer en la historia que imagina cierta de tal manera que incluso se emociona hasta la l&#225;grima con un final que sabe que es mentira&#8230; &#191;por qu&#233; &#237;bamos a conferirle a una historia ajena una cuota m&#225;s alta de credibilidad que a nuestros propios sue&#241;os?</p><p>Lo m&#225;s bonito de lo que construimos con la imaginaci&#243;n es que nadie puede resquebrajarlo, que nadie podr&#225; arrebat&#225;rnoslo jam&#225;s. Que como no tiene principio, tampoco podr&#225; terminar nunca. Que se quedar&#225; para siempre con nosotros, como una suerte de fantasma de esas otras vidas posibles que no fueron nuestras, de esos caminos que, finalmente, no quisimos o pudimos transitar, pero que s&#237; recorrimos en nuestra mente, que s&#237; sopesamos en nuestro interior; y quiz&#225;s nunca nadie sabr&#225; lo cerca que realmente estuvimos de escogerlos.</p><p>Es tambi&#233;n de Bel&#233;n Gopegui la cita que afirma que la tristeza no procede de fuera casi nunca, que s&#243;lo somos nosotros entristeci&#233;ndonos a nosotros mismos. Quiz&#225;s so&#241;ar con lo que no nos sucede sea una trampa que nos tendemos, un obst&#225;culo que colocamos en nuestro propio camino para tropezarnos con &#233;l m&#225;s tarde, cuando abramos los ojos. Pero &#191;c&#243;mo ser&#237;a una vida en la que debemos limitarnos a experimentar &#250;nicamente lo que la realidad tenga a bien ofrecernos? Y, m&#225;s importante a&#250;n, &#191;merecer&#237;a la pena vivirla?</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Tr7R!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fc487216a-f9a3-4fb5-b135-fcf592e810f0_2736x3648.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Tr7R!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fc487216a-f9a3-4fb5-b135-fcf592e810f0_2736x3648.jpeg 424w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Tr7R!,w_848,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fc487216a-f9a3-4fb5-b135-fcf592e810f0_2736x3648.jpeg 848w, 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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&#191;es posible que esto sea todo? &#191;D&#243;nde est&#225; la esplendorosa vida que nos prometieron, d&#243;nde la efervescencia y el grito, d&#243;nde el estallido? Hay quien lo llama crisis de los cuarenta; yo pienso que es s&#243;lo el s&#237;ntoma de haber vivido ya muchas cosas, de haber dejado tanto atr&#225;s. A mis veintiocho a&#241;os y medio ya rondo ese cara a cara con el filo afilado de la vida, ese precipicio al que tarde o temprano todos nos asomamos sin remedio, ese mirarse a una misma en el espejo y preguntarse, sin poder ofrecerse nunca respuesta, si esto era la vida, si esto es lo que ser&#225;, de ahora en adelante, nuestra vida.</p><p><a href="https://www.youtube.com/watch?v=x8lDvwVDcCs">El &#250;ltimo v&#237;deo de Pantomima Full</a> me ha interpelado profundamente. Habla de esas personas para las que ya todo est&#225; perdido, o que quiz&#225;s nunca sintieron que hubiera nada que encontrar. Las que se han dejado vencer por la apat&#237;a y el des&#225;nimo sin ofrecer mucha resistencia. Las que se dejan conducir por su vida como un barco de papel que carece de tim&#243;n y de destino. Esas a las que, desde ni&#241;a, nunca quise parecerme cuando fuera mayor. Para m&#237; la vida siempre fue un tesoro que desenterrar en la arena, la eterna promesa de una felicidad futura que alg&#250;n d&#237;a podr&#237;a sostener en mis manos. Recuerdo escuchar <strong><a href="https://www.youtube.com/watch?v=oRt20CjumUE">No estar&#225;s sola</a></strong> con quince a&#241;os &#8211;cuando me sent&#237;a la &#250;nica habitante de una isla remota&#8211; como si Ismael en persona me la cantase al o&#237;do, como si me diese su palabra de honor de que, al crecer, tendr&#237;a esa vida de viajes y mudanzas, de <em>manos, flores, presencias sin pedir nada</em> con la que sue&#241;o desde que tengo memoria. Para m&#237; la vida era, entonces, algo que comenzar&#237;a muy pronto, cuando estuviera lista; algo que me estaba esperando a la vuelta de la esquina, no aquella cuesta arriba sin frenes&#237; ni desgarro a la que me enfrentaba cada d&#237;a con mi falda de cuadros, mis calcetines hasta la rodilla y mi mochila cargada de libros.</p><p>Y nunca dej&#233; de esperar; nunca se debilit&#243;, en mi interior, la luz de la esperanza. Es s&#243;lo ahora, que me rondan los treinta y cargo a mis espaldas con un gran fracaso amoroso y dos hijos ya medio mayores &#8211;a&#250;n son ni&#241;os, pero enti&#233;ndeme, no son beb&#233;s tampoco&#8211;, que empiezo a preguntarme si realmente la vida era ese billete de loter&#237;a premiado que cre&#237; comprar en la adolescencia, o si esa fe implacable que ten&#237;a en el futuro no ser&#237;a s&#243;lo otra manera de escapar de un presente que me cercenaba como un cuchillo. Cada vez se vuelve m&#225;s complicado seguir siendo esa chica de confianza feroz, esa que a&#250;n no se hab&#237;a rendido. La esperanza ya no arde, s&#243;lo titila, y me acecha ese verso demoledor de Karmelo C. Iribarren en su poema <strong>Madre joven, parque infantil</strong>: <em>la sensaci&#243;n de que en adelante / estos van a ser los l&#237;mites / de que bien puede la vida / negarse a ofrecerle algo m&#225;s.</em></p><p>El v&#237;deo de los chicos de Pantomima Full tal vez sea un grito que apela a toda una generaci&#243;n, a todos los que, como yo, vemos que la monoton&#237;a nos pisa los talones, que madurar no es m&#225;s que cambiar una c&#225;rcel por otra &#8211;porque la edad adulta tiene barrotes no muy diferentes de los de la adolescencia, pero esta vez escogidos&#8211;, que tal vez se acerca el momento de renunciar a la imagen de lo que ser&#237;a nuestra vida que cobij&#225;bamos con tanto cari&#241;o. Un grito que no es de reproche, ni de abandono, sino de esperanza; un grito que no nos anima a rendirnos sino a todo lo contrario; una suerte de Fantasma de la Vida Futura que, como si susurrara al o&#237;do de Scrooge, nos repite incesantemente: sigue, sigue siempre, no pierdas la fe en la promesa del futuro, no te resignes a terminar como yo.</p><p>No pretendo que esta sea una carta triste, sin embargo. Existe vacuna contra el desaliento, y es esta: doblar todas las esquinas que encontremos, con pavor instintivo por la l&#237;nea recta; no caer en la trampa de la vida sin riesgo ni apuesta; conquistar el entusiasmo como prueba irrefutable de que seguimos vivos y, sobre todo, no dejar nunca de creer que puede llegar algo m&#225;s. Porque tiene que haber algo m&#225;s.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Z9sa!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fef478ec5-706f-4a18-b5f0-1a6fe0695fd4_2736x3648.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Z9sa!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fef478ec5-706f-4a18-b5f0-1a6fe0695fd4_2736x3648.jpeg 424w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Z9sa!,w_848,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fef478ec5-706f-4a18-b5f0-1a6fe0695fd4_2736x3648.jpeg 848w, 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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Cuando sus flores se abren a mediados de febrero siempre siento, como una ni&#241;a, la ilusi&#243;n inesperada de lo incierto, de lo que a&#250;n est&#225; por venir. La primavera siempre fue un adelanto de algo m&#225;s grande, una promesa de tiempos mejores, un deshielo largamente esperado. Y sin embargo, cuando las aceras se llenan de p&#233;talos siento una congoja irremediable; sufro cuando florecen los primeros almendros, porque s&#233; que despu&#233;s, inevitablemente, las flores se marchitan, y se caen, y desaparecen del mundo. En invierno, aunque es mon&#243;tono, el vac&#237;o de las ramas trae consigo una cierta calma: al menos entonces no hay que estar constantemente despidi&#233;ndose de las cosas.&nbsp;</p><p>Siempre se me dio mal decir adi&#243;s, renunciar a lo que me gustaba, poner punto y final. Cuando era ni&#241;a siempre se pon&#237;an duras las chuches que me compraban, porque las guardaba con mimo para disfrutarlas en un momento especial que habitualmente tardaba demasiado en llegar. Creo que nunca me he puesto ninguna joya de la comuni&#243;n; todas languidecieron en el joyero esperando el d&#237;a perfecto para estrenarlas, igual que ese perfume que se me puso rancio porque me empe&#241;&#233; en reservarlo para fechas se&#241;aladas, o que la botella de vino que se pic&#243; esperando un brindis a la altura de su cosecha. Hay un libro en mi estanter&#237;a que tengo muchas ganas de leer y, sin embargo, no leo &#8211;todo desemboca en los libros cuando se trata de m&#237;&#8211;. Es el libro que cierra una saga que he disfrutado como una loca. Los otros libros los he le&#237;do varias veces, pero no consigo convencerme a m&#237; misma de empezar el &#250;ltimo; esquivo como puedo ese final inevitable.</p><p>No es la esperanza de vivir momentos mejores lo que me impulsa a tratar de conservar intacto todo lo que a mis ojos es bonito y valioso, sino el miedo a la despedida, la certeza de que leerme ese libro ahora mismo implica que ya no me lo leer&#233; m&#225;s &#8211;podr&#233; releerlo, por supuesto, pero no es igual, nunca es igual&#8211;; y de poco sirve que me prometan que habr&#225; otros libros, que me emocionar&#233; de nuevo con otras historias. No ser&#225;n esta historia, y no me sirven ahora de hipot&#233;tico consuelo, del mismo modo que asegurar vehementemente que vendr&#225;n nuevos amores nunca consol&#243; a nadie que sufriera de un coraz&#243;n roto. Creo que ya he hecho las paces con la idea de que prefiero no leerlo, no disfrutarlo, si a cambio puedo conservar as&#237; la idea de que existe, intacto, y de que yo lo tengo cerca, en mi estanter&#237;a: renuncio a &#233;l con tal de no despedirme de &#233;l, por parad&#243;jico que suene. Bajo esta misma l&#243;gica absurda hay mensajes que quiero enviar y que no env&#237;o, porque me pondr&#237;an de frente con la posibilidad de un adi&#243;s afilado que prefiero no enfrentar.</p><p>Supongo que hay momentos en la vida en los que los adioses son necesarios, pero yo a&#250;n no he aprendido a identificarlos. Siempre me quedo en las cosas un poco m&#225;s de lo que deber&#237;a. Pido una cerveza m&#225;s de las que mi cuerpo puede resistir, pospongo el cambio de armario hasta que soy la &#250;nica persona por la calle que va vestida de invierno, vuelvo a revisar el perfil de Instagram que me promet&#237; no volver a pisar, sigo llevando vaqueros pitillo cuando ya se han vuelto a poner de moda los pantalones campana y siempre soy la &#250;ltima en marcharme de los grupos de WhatsApp. Con los a&#241;os he llegado a la conclusi&#243;n de que saber despedirse a tiempo es un talento del que carezco.</p><p>Por eso la primavera me enfrenta cara a cara con mis miedos, porque dura poco y es imposible retenerla; las flores siempre se marchitan, el calor termina imponi&#233;ndose al fr&#237;o &#8211;yo disfruto la primavera porque es un equilibrio perfecto entre el fr&#237;o y el calor en el que ninguno le gana terreno al otro durante mucho tiempo&#8211; y ese peque&#241;o instante inmejorable, ese hermoso d&#237;a de entretiempo protegido del tiempo y del desgaste, explota como una burbuja de jab&#243;n que hemos observado ascender poco a poco, sabiendo que era imposible que durase, que se mantuviese intacta, pero deseando inocentemente, desde nuestra esperanza infantil, que lo hiciera a pesar de todo.&nbsp;</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!zzPf!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F0e9dc2bf-8d22-4b9a-970f-17941155abf7_1080x1446.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!zzPf!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F0e9dc2bf-8d22-4b9a-970f-17941155abf7_1080x1446.jpeg 424w, 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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&#8216;&#8217;<em>correr con los brazos y hacia la herida</em>&#8217;&#8217; y volv&#237; a dormirme. Recuerdo el sue&#241;o de forma imprecisa, estaba hecho de sensaciones m&#225;s que de im&#225;genes; el agotamiento de una carrera interminable, las piernas que ya ced&#237;an, el impulso de continuar avanzando sobre los brazos. Se hac&#237;a de d&#237;a en mi sue&#241;o, el cielo un poco deste&#241;ido, color oro sucio, y yo no hab&#237;a alcanzado a&#250;n mi destino. Tampoco sab&#237;a a ciencia cierta cu&#225;l era, s&#243;lo que dol&#237;a, que dol&#237;a mucho, pero aun as&#237; ten&#237;a la certeza inamovible de que era ah&#237; donde ten&#237;a que estar. Hoy estaba revisando mis notas del m&#243;vil y he encontrado aquella que escrib&#237; en ese estado entre el sue&#241;o y la vigilia, y hab&#237;a olvidado por completo. En mis sue&#241;os casi siempre estoy corriendo, huyendo de algo o persiguiendo algo. A veces pasan cosas entre medias pero nunca me libero de esa sensaci&#243;n de urgencia, nunca dejo de ser esa especie de conejo de Alicia que jam&#225;s est&#225; donde debe y por eso siempre est&#225; en movimiento, siempre con alg&#250;n lugar al que llegar.</p><p>La nota me ha recordado a un libro que le&#237; en la adolescencia, cuando viv&#237;a en Estados Unidos, que es el &#250;nico libro en toda mi vida que he anotado con subrayador, que vivi&#243; en mi mochila durante meses despu&#233;s de haberlo terminado porque no quer&#237;a separarme de &#233;l, que me marc&#243; como s&#243;lo puede marcarte un libro que lees con diecis&#233;is a&#241;os. En &#233;l hay un personaje que, citando <strong>El general en su laberinto</strong> de Gabriel Garc&#237;a M&#225;rquez, menciona que, en sus &#250;ltimas palabras, Sim&#243;n Bol&#237;var se pregunt&#243;: <em>&#191;c&#243;mo saldr&#233; de este laberinto?</em>. Todo el libro se articula en torno a esa pregunta: &#191;c&#243;mo salimos del laberinto de dolor y placer en el que nos encierra la vida?. Hay un verso de Robert Frost que, para m&#237;, se acerca mucho a la respuesta: <em>the only way out is through</em>. S&#243;lo podemos salir atraves&#225;ndolo por completo. No hay atajos, salidas secundarias, caminos especiales. La &#250;nica salida es a trav&#233;s &#8211;en mi humilde traducci&#243;n al castellano&#8211;. <em>The only way out is through.</em>&nbsp;</p><p>Hace tiempo escuch&#233; en un podcast que los b&#250;falos le temen mucho al agua, y que han aprendido, cuando descubren que en el cielo comienzan a aparecer nubes, a correr directamente hacia ellas, en lugar de tratar de alejarse. Porque cuando caminan en direcci&#243;n opuesta la tormenta siempre termina alcanz&#225;ndolos, da igual cu&#225;nto se hayan distanciado; en cambio, si avanzan hacia las nubes, cuando comienza a llover ellos ya casi est&#225;n al otro lado, donde no cae agua, donde brilla de nuevo el sol; en definitiva, donde todo ha terminado ya.</p><p>Por eso siempre corro hacia la herida. Siempre hacia el dolor, con los brazos abiertos. Siempre avanzando hacia lo que duele, hacia lo que molesta, siempre de cabeza hacia aquello que mi cuerpo ans&#237;a desesperadamente esquivar. Ignorar el dolor nos anestesia. Obligarnos a no pensar en algo como quien mueve la lengua dentro de la boca con cuidado de no rozar el diente dolorido no lleva a sanarlo, sino a prolongar la agon&#237;a. No se rodea lo que se teme, se encara de frente. Es la &#250;nica manera de conjurarlo: atravesarlo, salir por el otro lado, dejarlo atr&#225;s. La vida quiz&#225; no sea otra cosa: ir de cara hacia la tormenta, salir de nuevo al sol; despeinados, extenuados, algo maltrechos, pero salir. Salir siempre.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Nl38!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff9954bb9-a46c-46ba-99c2-dca5012fc5ba_2736x3648.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Nl38!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff9954bb9-a46c-46ba-99c2-dca5012fc5ba_2736x3648.jpeg 424w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Nl38!,w_848,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff9954bb9-a46c-46ba-99c2-dca5012fc5ba_2736x3648.jpeg 848w, 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Su existencia se remontaba al origen de los tiempos; todos los que, en su d&#237;a, fueron como &#233;l, hace tiempo que hab&#237;an muerto. Se limitaba a vagar sin rumbo ni destino por los des&#233;rticos parajes, ya mil veces recorridos, cercanos a la esquina en que hab&#237;a establecido su madriguera. No llevaba una vida desdichada: la ma&#241;ana en calma, la inercia del d&#237;a, la noche en silencio. No hay tristeza en la rutina que nos ofrece refugio y que se vuelve solaz contra la desesperanza, la desidia, el resignado hast&#237;o de los d&#237;as. Pero, y esto s&#237; es cierto, cada a&#241;o transcurrido le pesaba como la &#250;ltima cuenta de un rosario. Sent&#237;a casi que los acumulaba, puestos muy juntitos a guardar uno al lado de otro, sin que una chispa, un sutil destello, diferenciase el momento habitado de los ya consumidos que se apilaban a sus espaldas.</p><p>Crec&#237;a en el ser, con el tiempo, un leve deseo de ir m&#225;s all&#225;; de aproximar sus pasos cada vez m&#225;s lejos de los confines ya conocidos, de ensanchar la frontera que delimitaba el territorio en el que hab&#237;a aprendido a sentirse c&#243;modo. Y finalmente un d&#237;a que, pens&#243; despu&#233;s, podr&#237;a haber sido cualquier otro, las patas del ser pisaron por vez primera un suelo que jam&#225;s hab&#237;an pisado antes. Ingravidez, regocijo, frenes&#237;; todo para el ser era nuevo y excitante tras muchos siglos de recorrer, sin cuestionarlo, los mismos laberintos emocionales. Sus pasos lo condujeron hasta un valle lejano, un paisaje en el que encontr&#243; p&#225;jaros con varias alas que cantaban en un idioma para &#233;l desconocido, enredaderas filosas cuyas hojas, no se sab&#237;a bien c&#243;mo, encontraban la manera de alzarse hacia el cielo, r&#237;os y nen&#250;fares y espuma y caracolas. Y tambi&#233;n, entre todo aquello, un ser de forma, aspecto y constituci&#243;n similares a los suyos, tan parecido que mirarlo era como contemplarse a s&#237; mismo en un espejo. El ser sinti&#243; curiosidad, ternura, alborozo; y tambi&#233;n soledad. Una soledad en la que acababa de caer en la cuenta, aunque &#8211;supo entonces&#8211; la hab&#237;a sentido siempre. Se aproxim&#243; hasta &#233;l lenta, cuidadosamente, como quien cruza un puente colgante; clav&#243; sus ojos oscuros en &#233;l, y descubri&#243; entonces que el otro tambi&#233;n lo miraba.</p><p>Por unos instantes eternos la vida consisti&#243; en eso: en mirarse y no tenerse, en desentra&#241;ar el anhelo intraducible de ser dos en esos lugares &#237;ntimos en los que, hasta entonces, hab&#237;an sido s&#243;lo uno. Dur&#243; poco el cruce de miradas, minutos nada m&#225;s; despu&#233;s, despacio pero inexorable como el sol cuando se pone, el ser comprendi&#243;: aterraba m&#225;s la idea de dar el paso final de arriesgarse a ser dos que la vida &#8211;que una larga vida&#8211; de seguir siendo s&#243;lo uno. Retrocedi&#243; en silencio: uno, dos, tres pasos, anticipando el momento en que tendr&#237;a que retornar a su esquina. No hab&#237;a palabras para lo que sent&#237;a &#8211;un dolor parad&#243;jico, pues era a la vez abstracto y concreto; en su interior, la p&#233;rdida del ser gemelo era tambi&#233;n la p&#233;rdida de toda compa&#241;&#237;a posible&#8211;, pero s&#237; una certeza lacerante, que lo socavaba todo: no recuperar&#237;a jam&#225;s esa soledad apacible, esa inercia del abandono; estar solo, ser el &#250;nico en su especie, no volver&#237;a nunca a ser como era antes. Comenzaba ya a lamentar la p&#233;rdida del delicado equilibrio que, hasta entonces, lo hab&#237;a sostenido. Su soledad hab&#237;a pasado a ser dos soledades distintas: la anterior al encuentro, asumida, tan integrada que era ya indistinguible de s&#237; mismo, y la posterior, atravesada por &#233;l como por un cuchillo. La evidencia de la realidad tangible de otro ser que se asemejaba en todo a su propio ser como dos p&#233;talos de una misma flor obligar&#237;a a su consentido aislamiento a estar, para siempre, pr&#243;ximo a desmoronarse. Con callada resignaci&#243;n, y a sabiendas de que su existencia no volver&#237;a jam&#225;s a ser la misma, el ser emprendi&#243; el camino de vuelta, imagin&#225;ndose ya de nuevo en su esquina como en una c&#225;rcel reci&#233;n hallada.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!YXZK!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fea55028e-d02b-4fd0-b02c-4ff1f9df6d18_1200x1453.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!YXZK!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fea55028e-d02b-4fd0-b02c-4ff1f9df6d18_1200x1453.jpeg 424w, 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dir&#225;s que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no eleg&#237;s la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando sal&#237;s de un concierto.</em></p><p>&#8211; Julio Cort&#225;zar</p></blockquote><p>Hoy comienzo con una confesi&#243;n algo deshonrosa para m&#237; y quiz&#225;s desconcertante para quienes, como yo, aman los libros: en ocasiones &#8211;no siempre, s&#243;lo de tanto en tanto&#8211; otorgo cinco estrellas a novelas que no las merecen. Soy consciente de que es as&#237; mientras lo hago &#8211;por eso sonr&#237;o de lado, con culpabilidad, como si alguien me estuviera observando, pero a pesar de ello no me tiembla el dedo&#8211;; s&#233; bien que no las merecen, porque tengo ojos en la cara, pero tambi&#233;n tengo un coraz&#243;n que late a su antojo sin escuchar a nadie, y que me obliga a darles la m&#225;xima puntuaci&#243;n contra todos los criterios est&#233;ticos y narrativos. Es f&#225;cil valorar con cinco estrellas a libros como <em>Cien a&#241;os de soledad</em>, <em>La hoguera de las vanidades</em> o <em>&#218;ltimas tardes con Teresa</em>, pero no tanto regal&#225;rselas &#8211;y encima hacerlo <em>unapologetically</em>, que es una palabra que el castellano necesita traducir e incorporar urgentemente&#8211; a libros como <em>La librer&#237;a encantada</em> de Christopher Morley o <em>La vida empieza hoy</em> de Douglas Kennedy. No son libros redondos, pulidos, impecablemente escritos, que vayan a pasar a la historia de la literatura; no son, hay que admitirlo, obras maestras de su g&#233;nero, corriente o momento hist&#243;rico. Los argumentos en su favor no se sostienen; no har&#233; el intento de defenderlos ante nadie. Y sin embargo ah&#237; est&#225;n, brillando en todo su esplendor, sacando pecho, visibles para cualquiera que visite mi perfil de Goodreads: mis orgullosas cinco estrellas. Existen, en cambio, otros libros cuya calidad literaria objetiva &#8211;al margen de mi coraz&#243;n irreductible&#8211; es indudablemente superior y, sin embargo, malviven con sus cuatro estrellas como quien estira los restos de su sueldo los &#250;ltimos d&#237;as del mes. Me vienen a la mente, por ejemplo, <em>Bartleby el escribiente, Grandes Esperanzas</em> o <em>Matar a un ruise&#241;or</em>.&nbsp;</p><p>En mi &#250;ltima carta, donde hablaba de los libros que hered&#233; de mi t&#237;o, comentaba de pasada que &#233;l, cuando ley&#243; <em>Berta Isla</em>, de Javier Mar&#237;as, hab&#237;a anotado en su interior, junto a su nombre y la fecha de su lectura, la puntuaci&#243;n que le merec&#237;a la novela: 9,5 puntos de un total de 10. Una suscriptora, tras leer la carta, me lanz&#243; la siguiente pregunta: &#191;a qu&#233; libro le dar&#237;a yo 9,5 puntos?. Reflexionando sobre ello &#8211;y tras una cuidadosa inspecci&#243;n de las puntuaciones que, a lo largo de los a&#241;os, he ido otorgando a diferentes lecturas&#8211; he comprendido dos cosas. La primera es que, como lectora, las cuatro estrellas me fascinan; son un s&#237; pero no, un me gustas pero no te quiero, un ha sido divertido pero no quiero verte m&#225;s. Suelo dar cuatro estrellas a los libros que me han hecho pasar un buen rato, cuya pluma me ha cautivado y que, al ser le&#237;dos, me invitaban a un viaje a trav&#233;s del tiempo y la distancia, que dir&#237;a Iv&#225;n Ferreiro, pero que no leer&#237;a de nuevo &#8211;me permito el uso del condicional porque, en los tiempos que corren y trat&#225;ndose de literatura, no pondr&#237;a la mano en el fuego por m&#237; misma&#8211;. Historias que he disfrutado, pero que no se quedar&#225;n conmigo. Los detalles del argumento se desdibujar&#225;n en mi mente; transcurridos los d&#237;as, los meses, los a&#241;os, no conservar&#233; m&#225;s que un breve y borroso recuerdo, un apunte impreciso, una nota a pie de p&#225;gina. La segunda revelaci&#243;n que experiment&#233; revisando mis lecturas fue que no era capaz de explicar a nadie &#8211;ni siquiera de comprender yo misma&#8211; por qu&#233; hab&#237;a valorado con cinco estrellas algunos de mis libros favoritos. Carec&#237;a de criterios objetivos en los que fundamentar mi decisi&#243;n. No era porque las palabras, porque la historia, porque las met&#225;foras, porque el autor&#8230; No hab&#237;a motivos.</p><p>Se trata de ese 10% inabarcable. Esa &#250;ltima milla que no est&#225; en mano de todos recorrer. Ese impulso final, ese extremo del mundo, ese rayo intraducible, ese remedio al desasosiego, ese abrazo de palabras. Ese <em>algo</em> insondable que separa un libro que te gusta de un libro que te cambia la vida, y que no sabemos definir ni concretar, ni podemos se&#241;alar con el dedo. <em>No se elige la lluvia que va a calarte hasta los huesos.</em> &#191;Por qu&#233; hay canciones que me conmueven a m&#237;, s&#243;lo a m&#237;, que me enternecen como ninguna otra, y cuando las regalo, con ilusi&#243;n infantil, a mis amigos, no son capaces de encontrar en ellas lo que yo encontr&#233;? &#191;Por qu&#233; algunas personas, que podr&#237;an presumir de ser, sobre el papel, todo aquello con lo que he so&#241;ado en esta vida, no consiguen evocar nada en m&#237; cuando las pienso, y en cambio otras que no podr&#237;an estar m&#225;s alejadas de mi ideal te&#243;rico, que no me har&#237;an girar la cabeza si nos cruz&#225;semos por la calle, me hacen temblar las rodillas? &#191;Por qu&#233; nos tocan de una manera distinta algunos libros, por qu&#233; algunas canciones, por qu&#233; algunas personas? No hay respuesta, s&#243;lo una pregunta repetida hasta el infinito. La calidad objetiva y nuestros gustos subjetivos s&#243;lo abarcan el 90% de nuestra percepci&#243;n de las cosas. El 10% restante, que no tiene nombre ni contorno conocido, es como una luz que ilumina la oscuridad, y que s&#243;lo se prende, si es que llega a hacerlo, con lo que se cre&#243; para nosotros, con la forma exacta de nuestros vac&#237;os.&nbsp;</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!H1TJ!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa3e38b8f-844a-438e-925d-7fa6e1b5c15f_2736x3648.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!H1TJ!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa3e38b8f-844a-438e-925d-7fa6e1b5c15f_2736x3648.jpeg 424w, 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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de sus libros han terminado en mis estanter&#237;as. No conoc&#237; mucho a mi t&#237;o, en vida; pero ahora, repasando sus libros, me siento cercana a &#233;l. Cuando compraba un libro lo marcaba con su exlibris; despu&#233;s, cuando lo le&#237;a, anotaba en la primera p&#225;gina su nombre y el a&#241;o &#8211;algunos no lleg&#243; a leerlos; los leer&#233; yo por &#233;l&#8211;; y en la &#250;ltima, a veces, tomaba nota de otros t&#237;tulos o autores que esa lectura le hab&#237;a descubierto. En ocasiones tambi&#233;n a&#241;ad&#237;a una puntuaci&#243;n o un comentario sobre lo le&#237;do: descubro as&#237;, por ejemplo, que ley&#243; <em>Berta Isla</em>, de Javier Mar&#237;as, en 2017, y que le mereci&#243; 9,5 puntos de un total de diez &#8211;qu&#233; defecto le encontr&#243; para no darle las diez estrellas seguir&#225; siendo, por siempre, un misterio&#8211;; que a <em>La librer&#237;a</em>, de Penelope Fitzgerald, le&#237;da en 2018, le concedi&#243; siete puntos, que <em>Cara de pan</em>, de Sara Mesa, estaba <em>a veces en el l&#237;mite</em>, y que <em>La juventud</em>, la novela que escribi&#243; el director de cine Paolo Sorrentino y que luego se convertir&#237;a en pel&#237;cula, le pareci&#243;, simplemente,<em> una maravilla. </em>Algunos libros tienen pegatinas de la librer&#237;a La Central, si los hab&#237;a comprado all&#237;; otros cobijan recortes de peri&#243;dico que hablan sobre ellos o entrevistas a su autor entre sus p&#225;ginas. Tambi&#233;n he encontrado muchos marcap&#225;ginas, primero improvisados y despu&#233;s olvidados: recibos, tarjetas de visita de restaurantes o incluso fajas de otros libros, como es el caso de <em>Mientras agonizo</em>, de Faulkner, que ley&#243; utilizando la faja de <em>Ante todo no hagas da&#241;o</em> de Henry Marsh como punto de libro.</p><p>Pero lo que m&#225;s me gusta son los subrayados. A veces abro uno al azar y busco sus marcas en el papel, las citas que destacaba: siempre utilizando un rotulador fluorescente, porque como dice Xacobe Pato, <em>subrayar en l&#225;piz es como dar la mano flojita</em>, y &#233;l nunca hac&#237;a nada en voz baja. Leer un libro subrayado por otra persona es un poco como caminar por un sendero manchado de huellas colocando nuestros pies encima de los de quien camin&#243; por delante de nosotros: no s&#243;lo hacemos nuestro el camino, tambi&#233;n repetimos, de alguna manera, el suyo, posando nuestros ojos sobre sus ojos, observando lo que &#233;l observ&#243; primero. Subrayar un libro es como dejar parte de tu alma entre sus p&#225;ginas; leer mucho y subrayar tu biblioteca entera tal vez sea otra manera de dejar testamento a quienes se quedan atr&#225;s, de hablar a tus descendientes de qui&#233;n eras: esto me emocion&#243;, aqu&#237; llor&#233;, esta frase me puso los pelos de punta.</p><p>A lo mejor podemos trazar un retrato de nuestros muertos siguiendo el trazado de las pistas que dejaron; tal vez, como cuando &#233;ramos peque&#241;os, si unimos los puntos con suaves l&#237;neas a l&#225;piz obtengamos finalmente la imagen completa, cita a cita, libro tras libro, a la caza incansable de su memoria. Uno es, tambi&#233;n, lo que subraya en un libro; y a m&#237; me gusta saber qu&#233; llam&#243; la atenci&#243;n de quienes poseyeron mis libros antes que yo &#8212;prefiero, con mucho, un libro usado y vivido que uno nuevo&#8212;, qu&#233; frase les llev&#243;, tal vez, a apartar los ojos durante un segundo del papel y a posarlos en el aire mientras diger&#237;an lo le&#237;do.&nbsp;</p><p>Esta ma&#241;ana termin&#233;, precisamente, Berta Isla &#8211;a la caza de ese medio punto que le falt&#243; para el diez&#8211; y enseguida sent&#237; el impulso de buscar otro en la estanter&#237;a. Mientras desayunaba pensaba en el espacio de tiempo comprendido entre que terminas un libro y que comienzas el siguiente. A m&#237;, a veces, me sorprende la desaz&#243;n que siento, como si me hubiera quedado hu&#233;rfana de repente o no tuviese ya un hogar al que volver; cuando encuentro otra historia en la que refugiarme durante unos d&#237;as el alivio es enorme. Los libros, en su nivel m&#225;s b&#225;sico, no son otra cosa: resguardo contra la tormenta, trinchera inexpugnable contra lo feo y lo descarnado de la vida. Cuando el libro, adem&#225;s, es de otro, el refugio se vuelve m&#225;s bonito, algo m&#225;s propio, y mientras escog&#237;a un nuevo t&#237;tulo me parec&#237;a escuchar la voz de mi t&#237;o, susurrando: aqu&#237;, m&#233;tete aqu&#237;, nunca te buscar&#225;n aqu&#237;.&nbsp;</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!38N7!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F607c2978-c9bd-4934-afbe-caa4eebe8ef4_2736x3648.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!38N7!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F607c2978-c9bd-4934-afbe-caa4eebe8ef4_2736x3648.jpeg 424w, 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stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" 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blanca de invierno; me despierto cansada pero sin sue&#241;o, como me suele ocurrir de un tiempo a esta parte. Mientras me lavo los dientes tengo en la cabeza una canci&#243;n que no s&#233; cu&#225;l es; en la punta de la lengua la letra, un fragmento de la melod&#237;a, pero nada. No doy con ella. En d&#237;as como este la vida se torna m&#225;s fr&#225;gil, como si pendiera de un hilo. Preparo caf&#233; y lo bebo a sorbitos en la terraza. Leo a Jacobo Bergareche &#8211;un maestro, sin duda&#8211; hablar sobre las primeras veces, que se agotan tan r&#225;pido; sobre esos primeros amores que, precisamente por ser los primeros, podemos a&#250;n enumerar de memoria. Me lleva de vuelta a aquella &#233;poca en la que a&#250;n sab&#237;a, o pod&#237;a saber, a cu&#225;ntas personas hab&#237;a besado, cu&#225;ntas veces me hab&#237;a emborrachado, el n&#250;mero de noches que hab&#237;a pasado bailando. Despu&#233;s, la nada. Un desierto de experiencias en el que todas se confunden unas con otras, en el que no recuerdo qu&#233; sucedi&#243; cu&#225;ndo, en el que nada se siente nuevo ni diferente, ni sobresale de entre todo lo dem&#225;s; lo que hago, a veces, es s&#243;lo un eco de lo que ya he hecho antes. Dice Jacobo que, cuando los a&#241;os de las primeras veces terminan, pasamos a movernos en una escala limitada que s&#243;lo abarca lo que nos gusta y lo que no nos gusta. Quiz&#225; nuestra vida se vuelva un oc&#233;ano en el que nadamos sin mucho control &#8211;tal vez a la deriva, incluso, dej&#225;ndonos flotar&#8211;, tratando de aferrarnos a lo que nos hace sentir bien y chapoteando torpemente para alejarnos de lo que nos desagrada.&nbsp;</p><p>&#191;C&#243;mo de amplio es el espectro emocional que puede recorrer, en su d&#237;a a d&#237;a rutinario, una persona adulta? En la repetici&#243;n constante de los d&#237;as, en el incansable ir y venir de la vida &#8211;que nos acerca y nos aleja, mec&#225;nicamente, de las mismas dos orillas contrapuestas&#8211;, &#191;cu&#225;ntas emociones diferentes somos capaces de experimentar sin tener que salir de la rutina para ello? En alg&#250;n sitio le&#237; que el 80% de los pensamientos que tenemos cada d&#237;a los hemos pensado tambi&#233;n el d&#237;a anterior. &#191;Ocurre lo mismo con las emociones? A veces me despierto, como las monta&#241;as salpicadas de nieve, cubierta con un manto de tristeza que reconozco; es mi tristeza habitual, ya la he sentido antes. Tambi&#233;n los peque&#241;os chispazos de alegr&#237;a de hoy se parecen a los de ayer. Bebo mi caf&#233; y me pregunto si eso ser&#225; todo, para siempre: una sucesi&#243;n incansable de sensaciones que ya viv&#237; y ya conozco, de experiencias que ya tuve y que seguir&#233; repitiendo, un d&#237;a tras otro hasta que llegue el d&#237;a en el que ya no me despierte m&#225;s.</p><p>Y sin embargo, si miro atr&#225;s hacia otras &#233;pocas de mi vida &#8211;que no fueron necesariamente m&#225;s tristes o m&#225;s felices que la que hoy atravieso&#8211; me doy cuenta de que cada una tiene un regusto individual. La diferencia es leve, pero est&#225; ah&#237;. Escucho mis canciones del invierno pasado, de hace dos primaveras, y lo distingo: una emoci&#243;n particular, una sensaci&#243;n &#250;nica que s&#243;lo sent&#237;a entonces y que no se parece a nada de lo que estoy sintiendo ahora. Nada fundamental ha cambiado; estoy donde estaba, y sin embargo percibo el eco de una emoci&#243;n de entonces que hoy ya se ha extinguido. Es casi como si todas las &#233;pocas de mi vida tuvieran su propia melod&#237;a, o mejor a&#250;n: como si mi propia vida fuera un instrumento que toca, en cada momento particular, una nota diferente. No son exactamente emociones lo que distingue a cada etapa: es un sabor caracter&#237;stico, una manera de existir en el mundo, una vibraci&#243;n concreta y personal&#237;sima que no soy capaz de replicar aqu&#237; y ahora. La m&#250;sica de aquella &#233;poca no puede sonar hoy; su momento ya ha terminado. Quiz&#225; por eso a veces me resulta inc&#243;modo escuchar las canciones que asocio con el pasado: puedo volver a ellas un ratito, lo que dura un cigarro; despu&#233;s, esa etapa vuelve a estar fuera de mi alcance.&nbsp;</p><p>El sabor de hoy, de este invierno, no obstante, me es ajeno. No soy capaz de delimitarlo, no se deja clasificar. No escucho la nota de este momento. Tendr&#225; que pasar el tiempo, la vida; y llegar&#225; un punto, quiz&#225; cuando sea verano y de noche, cuando beba tal vez vino en lugar de caf&#233; y mi mente recorra los mismos lugares que recorre hoy, pero desde otro lado &#8211;ese 80% que nunca nos abandona&#8211;, en el que mirar&#233; atr&#225;s y sabr&#233; escuchar a qu&#233; suena esta ma&#241;ana blanca de invierno en la que me he despertado cansada pero sin sue&#241;o, como me suele ocurrir de un tiempo a esta parte.&nbsp;</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Jvh5!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F27e9f697-7af9-4a5c-aaa8-aa83ba34f80c_2736x3648.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" 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class="image-link-expand"><div class="pencraft pc-display-flex pc-gap-8 pc-reset"><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container restack-image"><svg role="img" width="20" height="20" viewBox="0 0 20 20" fill="none" stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" 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Colegio, trabajo, rutina, la cadencia inevitable que trae septiembre. Est&#225; de moda decir que el a&#241;o empieza ahora; imagino que todos necesitamos, de vez en cuando, un nuevo comienzo. Pero no es cierto eso de que ahora, en septiembre, la vida vuelve a empezar. O&#237;ganme bien: la vida nunca termin&#243;. La vida est&#225; sucediendo a cada instante. El verano no es un par&#233;ntesis en nuestra existencia; decir eso &#8211;con tono melanc&#243;lico, como quien habla de un para&#237;so que se vio forzado a abandonar&#8211; equivaldr&#237;a a afirmar, sin que nos tiemble la voz, que la vida es para nosotros un peso que cargamos, como S&#237;sifo colina arriba, mes tras mes, de septiembre a junio, con la mirada esperanzada puesta en esos dos fulgurantes meses en los que podemos ser quienes realmente somos. No; la vida es ahora. No alberga m&#225;s gozo un viernes que un lunes; el fin de semana, los meses de verano, no son &#8211;o no deber&#237;an ser&#8211; un oasis donde nos refugiamos del inh&#243;spito tiempo restante.</p><p>Dicen, algunos, que lo que le sucede a quien vive ansiando poder escapar de su rutina es que no ha sabido construirse una vida a su medida, una existencia en sus propios t&#233;rminos. Y es posible que as&#237; sea, desde luego, pero creo que existe otra raz&#243;n por la que a&#241;oramos el verano que estas semanas est&#225;n ya cerrando: porque s&#243;lo somos capaces de identificar la felicidad cuando la felicidad ya ha terminado. Dec&#237;a Kierkegaard que <em>la vida s&#243;lo puede ser entendida mirando hacia atr&#225;s, pero debe ser vivida mirando hacia delante</em>. Algo parecido ocurre con la felicidad; no sabemos detectarla en el momento en el que la experimentamos, pasa de puntillas a nuestro lado sin que tomemos consciencia de su presencia, y es despu&#233;s, recordando ese instante, cuando caemos en la cuenta: all&#237; disfrut&#233;, all&#237; fui feliz. Septiembre es un poco eso: sentarse en el sof&#225;, con una manta en las rodillas, recordar, y sonre&#237;r. Y es bonito entretenerse rememorando &#8211;&#161;no en vano yo siempre me consider&#233; nost&#225;lgica, habitante del pasado!&#8211;, pero el reto reside en darte cuenta de que est&#225;s siendo feliz ahora, aqu&#237;, en este instante; que no tenga que venir el tiempo, el maldito tiempo, a abrirte los ojos cuando ya es demasiado tarde.&nbsp;</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!q6tZ!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7cd9eb30-2a17-41fe-af4e-a7fb934bd641_2736x3648.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" 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restack-image"><svg role="img" width="20" height="20" viewBox="0 0 20 20" fill="none" stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 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La m&#237;a, que gustosamente comparto, es esta: hacer de cada acci&#243;n que emprendo un acto extraordinario.&nbsp;</p><p>Roger Mifflin, un librero de cuento que s&#243;lo existe entre las p&#225;ginas de <em>La librer&#237;a encantada</em> de Christopher Morley &#8211;una novela que recomiendo hasta la saciedad como refugio para esa apat&#237;a oto&#241;al contra la que tanto despotrico aqu&#237;&#8211;, me dec&#237;a el otro d&#237;a: <em>ahora que lo pienso, casi toda la vida se va en fumar, en ensuciar platos y lavarlos, en hablar y escuchar a los dem&#225;s hablar&#8230; </em>Y es cierto: nuestra vida es una sucesi&#243;n de escenas rutinarias que repetimos una y otra vez. Todos los d&#237;as bailan al sol de la misma melod&#237;a &#8211;cada uno, insisto, tendremos la nuestra&#8211;: el caf&#233; de la ma&#241;ana, el saludo a la portera, el beso a nuestros hijos en la puerta del colegio. Podr&#237;a parecer, incluso, que las jornadas son fotocopias unas de otras. Pero nada m&#225;s lejos de la realidad: podemos elegir, cada d&#237;a, darnos el lujo de intentar hacer las cosas lo mejor posible. Disfrutar realmente ese caf&#233;, saludar con efusividad a quien nos sostiene la puerta, despedirnos como quien se embarca hacia Am&#233;rica. Mi receta para la felicidad no es ni m&#225;s ni menos que esa: esforzarme por buscar cada d&#237;a un rato por hacer lo que me gusta y, en los momentos en los que lo que hago no me gusta tanto, darme el capricho &#8211;el lujo, incluso&#8211; de hacerlo bien, de hacerlo lo mejor que s&#233;. Dominar el arte de ponerme a m&#237; misma al cien por ciento en lo que hago, por simple que sea. Hacer de mi vida una obra de arte; incluso en invierno, incluso los lunes. Y estar atenta, para que la felicidad, cuando pase, no me coja desprevenida.&nbsp;</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Permanecer. ]]></title><description><![CDATA[Sobre ba&#241;arse en el r&#237;o, comer moras reci&#233;n cogidas y cenar huevos fritos con patatas.]]></description><link>https://juliapuigsoto.substack.com/p/permanecer</link><guid isPermaLink="false">https://juliapuigsoto.substack.com/p/permanecer</guid><dc:creator><![CDATA[Julia Puig]]></dc:creator><pubDate>Thu, 25 Aug 2022 19:00:43 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lYiG!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F71b2fcaa-cac2-4392-80ef-c66e75b5b6f8_2736x3648.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Vine aqu&#237; casi todos los veranos de mi infancia; despu&#233;s pas&#233; mucho tiempo sin volver. Mi abuela me se&#241;alaba los nidos de las cig&#252;e&#241;as, que cubr&#237;an los tejados de las iglesias, desde la ventanilla del coche. Aqu&#237; mi t&#237;a me olvid&#243; un d&#237;a, de vuelta a Madrid, cuando ten&#237;a siete u ocho a&#241;os, y no se dio cuenta hasta veinte minutos m&#225;s tarde de que yo no estaba en el coche. Volvi&#243;, claro.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lYiG!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F71b2fcaa-cac2-4392-80ef-c66e75b5b6f8_2736x3648.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lYiG!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F71b2fcaa-cac2-4392-80ef-c66e75b5b6f8_2736x3648.jpeg 424w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!lYiG!,w_848,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F71b2fcaa-cac2-4392-80ef-c66e75b5b6f8_2736x3648.jpeg 848w, 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restack-image"><svg role="img" width="20" height="20" viewBox="0 0 20 20" fill="none" stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 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Hab&#237;a dos bares cuando yo era ni&#241;a, el de arriba y el de abajo; hoy no queda ninguno. Hab&#237;a tambi&#233;n una tienda, con gruesas cortinas en la puerta que la defend&#237;an de las moscas. Hoy tampoco existe: a veces una furgoneta sube desde un pueblo m&#225;s grande con pan, fruta y bizcochos, aunque aqu&#237; casi todo el mundo hace sus propios bizcochos caseros. Con las ortigas de detr&#225;s de casa me abras&#233; un d&#237;a los dedos, y aprend&#237; que al lado de la ortiga siempre est&#225; la planta que sirve de ant&#237;doto. Mi t&#237;a me pintaba las u&#241;as de las manos de rojo como las suyas &#8212;no digas nada, Julia, es un secreto&#8212; y me las despintaba con cuidado antes de devolverme a mi madre, que no me dejaba hacerlo. Cuidaba de todos los gatitos del pueblo, los persegu&#237;a y les dejaba restos de comida que mi t&#237;a me preparaba. </p><p>Ten&#237;a una pandilla, una aut&#233;ntica pandilla de pueblo: nos mov&#237;amos en bici, pero yo no sab&#237;a montar a&#250;n &#8212;aprend&#237; tarde, a los doce o trece a&#241;os&#8212; y se me pod&#237;a ver siguiendo al grupo en mi patinete. &#205;bamos al r&#237;o a ba&#241;arnos, al monte a hacer piment&#243;n &#8212;machacar trozos de ladrillo rojo con una piedra&#8212;, a cazar ranas. Cuando llegaba el oto&#241;o nos &#237;bamos, y hasta el siguiente verano. Un par de veces una amiga de aqu&#237; me escribi&#243; cartas en invierno y las decor&#243; con dibujos suyos; para m&#237;, que como casi toda mi generaci&#243;n apenas he recibido correo postal, son un tesoro. Ayer la vi pasar desde el porche, o cre&#237; que era ella, pero no nos saludamos. No s&#233; si me reconoci&#243;, no nos hemos visto en quince a&#241;os. </p><p>En alg&#250;n momento me hice mayor, y dej&#233; de venir. Ahora vuelvo con mis hijos, y es precioso. Juegan con mis juguetes de hace a&#241;os. Cenan, como yo cenaba, huevo frito con patatas. Saludan a las gallinas, se lanzan al r&#237;o desde las rocas, le sacan las sobras a los gatos. Siento que estoy cerrando un c&#237;rculo.</p><p>Ellos disfrutan m&#225;s de lo que disfrutaba yo, o de lo que yo era capaz de admitir; yo siempre protestaba y defend&#237;a mi derecho a quedarme en casa. No porque no disfrutara del pueblo, sino porque mi madre no ven&#237;a conmigo: ella siempre se quedaba en Madrid, trabajando.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!_4mB!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F26e0218e-e51d-447e-9931-5dc12ad11320_2736x3648.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!_4mB!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F26e0218e-e51d-447e-9931-5dc12ad11320_2736x3648.jpeg 424w, 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Y me hago una promesa: tratar de estar en casi todos. Estar presente. Formar parte de su infancia. Que me recuerden. Permanecer. </p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!T5hI!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa79456d0-d00c-43aa-ad2a-feeb85b71459_2736x3648.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!T5hI!,w_424,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa79456d0-d00c-43aa-ad2a-feeb85b71459_2736x3648.jpeg 424w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!T5hI!,w_848,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa79456d0-d00c-43aa-ad2a-feeb85b71459_2736x3648.jpeg 848w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!T5hI!,w_1272,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa79456d0-d00c-43aa-ad2a-feeb85b71459_2736x3648.jpeg 1272w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!T5hI!,w_1456,c_limit,f_webp,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa79456d0-d00c-43aa-ad2a-feeb85b71459_2736x3648.jpeg 1456w" sizes="100vw"><img src="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!T5hI!,w_1456,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa79456d0-d00c-43aa-ad2a-feeb85b71459_2736x3648.jpeg" width="1456" height="1941" data-attrs="{&quot;src&quot;:&quot;https://bucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com/public/images/a79456d0-d00c-43aa-ad2a-feeb85b71459_2736x3648.jpeg&quot;,&quot;srcNoWatermark&quot;:null,&quot;fullscreen&quot;:null,&quot;imageSize&quot;:null,&quot;height&quot;:1941,&quot;width&quot;:1456,&quot;resizeWidth&quot;:null,&quot;bytes&quot;:10945860,&quot;alt&quot;:null,&quot;title&quot;:null,&quot;type&quot;:&quot;image/jpeg&quot;,&quot;href&quot;:null,&quot;belowTheFold&quot;:true,&quot;topImage&quot;:false,&quot;internalRedirect&quot;:null,&quot;isProcessing&quot;:false,&quot;align&quot;:null,&quot;offset&quot;:false}" class="sizing-normal" alt="" srcset="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!T5hI!,w_424,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa79456d0-d00c-43aa-ad2a-feeb85b71459_2736x3648.jpeg 424w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!T5hI!,w_848,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa79456d0-d00c-43aa-ad2a-feeb85b71459_2736x3648.jpeg 848w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!T5hI!,w_1272,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa79456d0-d00c-43aa-ad2a-feeb85b71459_2736x3648.jpeg 1272w, https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!T5hI!,w_1456,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fbucketeer-e05bbc84-baa3-437e-9518-adb32be77984.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa79456d0-d00c-43aa-ad2a-feeb85b71459_2736x3648.jpeg 1456w" sizes="100vw" loading="lazy"></picture><div class="image-link-expand"><div class="pencraft pc-display-flex pc-gap-8 pc-reset"><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container restack-image"><svg role="img" width="20" height="20" viewBox="0 0 20 20" fill="none" stroke-width="1.5" stroke="var(--color-fg-primary)" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><title></title><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" y2="10"></line><line x1="3" x2="10" y1="21" y2="14"></line></svg></button></div></div></div></a></figure></div><p></p>]]></content:encoded></item></channel></rss>